El triunfo electoral y el inicio del segundo período de Evo Morales abren paso a una profundización del proceso iniciado en 2006. Los caminos elegidos por el pueblo boliviano, la disputa entre diversos sectores por la hegemonía dentro del oficialista MAS, las contradicciones de un proyecto en disputa entre quienes pretenden agilizar los cambios y los que intentan modificar el rumbo, son algunos de los aspectos a analizar desde una mirada crítica. Desde Bolivia opinan Sebastián Ochoa (periodista), Raquel Balcázar (documentalista), María Teresa Zegada (ensayista) y Mario Bustamante (dirigente sindical). Fotos de Sub Coop.
El asombro es mundial. La esperanza e ilusión en los sectores indígenas de Bolivia se mantiene con fuerza, quieren un cambio y se sienten sus protagonistas. Por eso en las últimas elecciones, le han dado el 64 por ciento de los votos.
Evo Morales, el presidente aymara boliviano, satanizado por unos e idolatrado por otros, fue siempre considerado un socialista radical. Pero si se mira de cerca, surge la certeza de que el proceso liderado por Morales y sus allegados no conducirá al socialismo, muy a pesar del nombre de su sigla partidaria.
Para comprobar esta aseveración, es necesario repasar los últimos años de Bolivia; años caracterizados por las constantes luchas del pueblo boliviano contra el capitalismo, sus instituciones y sus métodos de opresión.
El Octubre boliviano
El amanecer del viernes 17 de octubre de 2003, ninguno de los manifestantes que dormían atrincherados en las calles frías de la ciudad de El Alto se imaginaba que su valerosa lucha terminaría con la huida a Miami del repudiado presidente Gonzalo Sánchez de Lozada. Claro que primero sacaría unos cuantos millones de las reservas del Banco Central y dejaría tras él 65 muertos por balas del Ejército.
La insurrección de octubre de 2003 marcó un salto político importante de las masas bolivianas. La oposición a la exportación de gas por Chile a cargo del Consorcio Pacific LNG (conformados por la British Petroleum y la española Repsol-YPF) ponía de manifiesto el agotamiento del modelo neoliberal aplicado desde los 80. La privatización de las empresas del Estado y la entrega de los recursos estratégicos del país a las transnacionales habían generado más pobreza. Los 500 mil empleos prometidos por Goni con la “capitalización” de las empresas del Estado nunca llegaron.
Del rechazo a la exportación de gas por Chile, el pueblo boliviano en las calles pasó a exigir el cierre del Parlamento y la renuncia del presidente asesino que había militarizado el país.
La avanzada revolucionaria de las masas y su eventual triunfo político con la expulsión de Goni tuvo como consecuencia el quiebre de los partidos políticos “tradicionales”, que hasta el momento se habían sucedido en la administración del Estado. Eran el Movimiento Nacionalista Revolucinario (MNR), que se apoderó de la revolución de 1952; Acción Democrática Nacional (ADN), partido del ex dictador Hugo Banzer y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que -pese al nombre- también era de derecha, entre otros.
Sin embargo, hubo una gran limitante para el avance del proceso revolucionario: el factor subjetivo. La dirección revolucionaria estaba ausente. La insurrección de octubre y su posterior desenlace dejaban esta realidad al desnudo. El valor y el coraje de las masas no fueron suficientes para ir más allá, hacia la estructuración de un nuevo Estado. El espontaneísmo y el instinto revolucionario no son suficientes para generar revoluciones. En semejante escenario, la salida lógica fue la sucesión constitucional y, posteriormente, el adelantamiento de elecciones.
(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº86 - Marzo 2010)