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Edición digital - Enero/Febrero 2008

(Desde el 3 de marzo la edición gráfica Nº66 en la calle)



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ÚLTIMO MOMENTO
Sobre la renuncia de Fidel Castro


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Poesía
Carlos Penelas: versos de luz y de sombra


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Entrevista con Zo’loka? Trío
“Podemos hacer locuras sin dañar a nadie”


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La historia oculta
Ingenio Santa Ana: “El Familiar” entre el azúcar


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Versión completa
Los papeles de Walsh: crítica a la conducción montonera


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Editorial Edición Especial Enero 08
¿Alternativa a qué?






La historia oculta

Ingenio Santa Ana: “El Familiar” entre el azúcar

Por: Hernán Oviedo


Un cartel blanco y grande anuncia la llegada en letras rojas y azules: Bienvenidos a Santa Ana, tierra de mitos y leyendas”. El cartel cumple bien su función: resume y anticipa que mucho de lo que sigue tierra adentro es parte de un pasado argentino que pretendió ser futuro pero hoy, más de un siglo después, sólo puede presentarse así, a partir de un puñado de historias adornadas. Santa Ana es un pueblo azucarero al sur de la provincia de Tucumán con la singularidad de haber nacido de las entrañas de un coloso, también azucarero, también homónimo y también mito y leyenda: el Ingenio y Refinería Santa Ana.

El viaje desde San Miguel de Tucumán es una travesía donde se sortea más que la simple distancia de 96 kilómetros que indica el mapa de ruta. En marzo, aún el calor y la humedad agobian y se asocian con una peregrinación incesante de camiones, autos y todo tipo de movilidad -motorizada o no- que pareciera no tener un destino fijo, salvo la de atestar el camino.

Las primeras imágenes del pueblo se recortan entre el marrón de la tierra seca y el verde infinito de los montes sureños. El centro urbano no es más que una calle asfaltada, la avenida principal, donde conviven unos pocos negocios y casas viejas de material. Lo demás es un bricolage de cañaverales, ranchos y casillas construidas a base de ladrillos, adobe o lo que venga. El ingenio, o lo que quedó de él, es un cúmulo abandonado de esqueletos de hierro ubicados en el centro del pueblo: 17 barrios (colonias como los llaman aquí) con 18 mil almas que de una u otra manera aún lo siguen llorando. En silencio, como a un muerto.

El pasado del coloso

El Ingenio y Refinería Santa Ana nació en el año 1889, con el esplendor de la Argentina moderna y llegó a ser uno de los más grandes de Sudamérica. Su mentor fue un francés llamado Clodomiro Hilleret, quién adquirió 27 mil hectáreas de la zona para instalarlo con lo último de la maquinaria y tecnología europea. Con el correr de los años Hilleret logró que el ingenio fuera una verdadera ciudad: un ferrocarril de 45 kilómetros, una usina de luz eléctrica propia, 1800 obreros, 1500 hectáreas de cañaverales y una producción anual de 8 millones de kilos de azúcar y más de 2 millones de litros de alcohol. Pero la prosperidad no se hizo sólo a base de buenas inversiones económicas. Siguiendo las instrucciones del buen terrateniente, el francés cosechó tantos réditos de la caña de azúcar como de sus contactos políticos, en especial su amistad con el tucumano Julio Argentino Roca, con quien negoció una importante suma de dinero -para financiar la Campaña al Desierto- a cambio de cientos de indios mapuches, traídos especialmente desde la Patagonia, para trabajar como mano de obra esclava. Así, la riqueza natural de los montes y la prosperidad capitalista del siglo XIX, a base de explotación y desigualdad social, hicieron de Hilleret el dueño y señor de un monstruo corporativo que reclutó para sus entrañas a miles de indios, peones y obreros de toda la región.

Con el siglo XX llegó el manto protector del Estado de Bienestar del primer gobierno peronista que expropió al coloso de la familia Hilleret para que lo administraran las manos estatales hasta el año 1966, cuando el gobierno de facto de Onganía, a través de la Ley de Cierre de Ingenios le dio su cierre definitivo como fábrica. Los años sesenta constituyen un punto de inflexión en el desarrollo económico, socio-cultural y político de Santa Ana, y sus consecuencias marcaron a fuego su futuro. El cierre del Ingenio de Santa Ana, como el de tantas otras fábricas de la zona, se hizo en medio de una auténtica invasión militar a la provincia, de la que ni siquiera los tucumanos estuvieron muy enterados. Sin embargo, los pueblos de ingenio sí.

El asalto contra el ingenio Santa Ana se hizo con aviones de la Fuerza Aérea y centenares de gendarmes enviados especialmente desde Buenos Aires, entre el 21 de agosto y finales septiembre de 1966. Lo que sólo tardaría una tarde de toma y demolición se convirtió en una lucha que se llevó cuarenta noches. Un grupo de mujeres autoconvocadas (esposas de los obreros y muchas empleadas domésticas de la patronal) se enfrentaron a los gendarmes mientras sus compañeros resistían el desalojo de la fábrica desde su interior. Las mujeres resistieron en un cordón humano alrededor del edificio central del ingenio lo que permitió que los militares no lograran demoler su chimenea e instalaciones. Si bien las mujeres frenaron la demolición del monstruo azucarero; el desalojo final y la pérdida de las fuentes de trabajo fueron inevitables. La mayoría de los obreros y mujeres que resistieron fueron torturados y muchos obligados a emigrar de la zona.

En la década del 70’, ya con el represor Antonio Bussi y los militares en el poder, se utilizó a las instalaciones del ingenio como uno de los mayores centros clandestinos de detención, tortura y exterminio de la región y por allí pasaron y desaparecieron cientos de obreros, luchadores sociales y guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que intentaron subvertir la desigualdad y postergación de la clase obrera en toda la región sur de la provincia.

El mito del perro

Santa Ana se constituyó a base de un trabajo fino y sutil de lo simbólico. Por cada acontecimiento que determinó la vida del ingenio surgió un mito para confundir y diezmar; símbolos que dieron lugar a conjeturas que han hecho de las leyendas uno de los atributos fundamentales de la memoria colectiva de este pueblo. Dentro de este abanico de ficciones la más sentida es la de “El Familiar”, un mito creado por Hilleret y retomado por Bussi que sirvió, en cada momento histórico, como el mejor dispositivo para salvaguardar intereses económicos y desterrar cualquier intento de organización social y sublevación obrera. Dice la leyenda que Hilleret vendió su alma al diablo a cambio de acrecentar y cuidar su fortuna. Fue entonces que el diablo hizo llegar a la tierra a un perro guardián de ojos celestes llamado “El Familiar”, para que velara por la fortuna, el orden y la disciplina desde los túneles que comunicaban el ingenio con la casa del patrón.

Cuentan los vecinos que la presencia de “El Familiar” se reconocía porque arrastraba unas enormes cadenas de plata y que todo obrero que desafiaba las leyes establecidas era carne para el perro. Así, bajo ese halo tan expeditivo de control y sumisión corporativa “El Familiar” logró, en casi cien años, ocultar cientos de muertes causadas por el abuso extremo de la explotación. Sin dudas la ficción en su versión más sutil y tenebrosa. “Nuestro gran problema como pueblo es que venimos engendrados de una fábrica. El ingenio fue la única opción de vida que tuvieron nuestros padres y abuelos, y desde que nació este lugar es una mezcla de gente pobre y engañada”, cuenta Alejandro, un morocho amable de 35 años, descendiente de obreros que sufrieron las torturas del ingenio.

Durante la última dictadura militar, con la ideología de la represión instalada en cada rincón de la Argentina, Bussi hizo revivir en Santa Ana el mito de “El Familiar” con toda su fuerza y como en los viejos tiempos el ingenio pasó ser un espacio de clandestinidad, tortura y muerte. Pero a pesar de ello cuesta mucho hablar de lo sucedido durante la última dictadura en el pueblo. “Los lugareños sólo hacen alusión al perro de ojos azules que volvió al pueblo -por Bussi- y que antes de partir hizo deshuesar el ingenio”, asegura Daniela, una psicóloga de 28 años que llegó a Santa Ana por un postgrado en problemáticas sociales y hoy, junto a Alejandro y un puñado de vecinos más, intenta contrarrestar tantos años de resignación, olvido y pobreza desde un centro comunitario que ellos mismos ayudaron a construir.

El futuro llegó hace rato

En Santa Ana es difícil hablar de pueblo e ingenio sin que la historia se mezcle: montes, cañas, azúcar, terratenientes, indios, militares, mano de obra esclava, zafra, abuso y mucho engaño fueron y son parte de un mismo todo devenido en un presente ultrajado. De acuerdo a informes oficiales la situación socioeconómica es más que preocupante: residen un total de 18 mil habitantes que presentan “un alto grado de desocupación, desnutrición y discapacidad” y “la población joven exhibe importantes problemas de alcoholismo, drogadicción y delincuencia”. En cuanto a la infraestructura y la salud las cifras no son mejores: “hay un importante déficit de núcleo urbano, lo que provoca una incomunicación entre las diferentes colonias, principalmente, durante las épocas estivales; además del uso de letrinas y carencia de cloacas que inciden en las ya existentes y pobres condiciones de salud de la población, que cuenta en la zona con un solo hospital y cuatro centros sanitarios con falta total de equipamiento”.

“Muchos años de opresión y de empobrecimiento, fragmentación social, debilidad institucional, clientelismo político, pobreza, desilusión son las dificultades que atravesaron y que atraviesan los vecinos a la hora de organizarse”, asegura Daniela. “Desde el cierre del ingenio Santa Ana quedó anestesiada. Los habitantes sienten una mezcla de orgullo y odio porque el ingenio siempre los engañó pero también les representa, en su colectivo social, una estabilidad laboral y un progreso que nunca más vendrán al pueblo. Que se perdió el día en que Onganía dictó la ley de cierre y que terminó de morir cuando Bussi en el 76’ hizo volar las chimeneas”, explica.

Es difícil describir la pobreza cuando es otro el que la sufre. Trato de recorrer la mayor cantidad de colonias que puedo pero el tour no es fácil. Las callejuelas de tierra forman laberintos donde muchas veces la salida son ranchos y cañaverales que ponen límites a los forasteros que como yo no conocen el camino. Veo muchos lugareños al frente de sus ranchos. Parecen perdidos y dejados. Los acompañan moscas y perros en un pasar del tiempo que no pasa. Todos nos miramos. Nadie habla. El sufrimiento es difícil de transmitir. Sólo puedo conversar con Sandra, 35 años, un par de hijos a cuestas y líder nata que maneja un ropero comunitario junto a una veintena de mujeres en la Colonia 13. Morruda, simpática, histriónica. Sabe decir lo que quiere y lo dice con una coherencia admirable. Con Sandra hablamos del olvido y la memoria entre tantas historias adornadas: “Nosotros somos pobres, muy pobres pero ¿sabés una cosa?, aún tenemos dignidad y con la dignidad vamos a salir adelante. Luego de tantos años de olvido muchos estamos aprendiendo a exigir y hoy exigimos el futuro que nos robaron: trabajo, vivienda digna, educación, salud para nosotros y para nuestros hijos”, me dice en su rancho, frente al centro comunitario. Sandra es una luchadora activa, de verdad.

Quiero estar frente a las ruinas del coloso y decido visitarlo por última vez. En la entrada hay a dos nenes jugando. Son mellizos y no tienen más de tres años. Están sucios y llevan puestas unas remeras desgastadas que le llegan hasta los tobillos. Me miran con ojos grandes y están inmóviles, a la espera de que haga algún movimiento. Los saludo y pienso en esa herencia cruel y corporativa que está frente a ellos, que se refleja en sus ojos grandes. Pienso en la identidad negada a tantos y por tantos años. Pienso en la “tierra de mitos y leyendas”. Pienso en el control y en la sumisión, ni más ni menos.



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