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Bestiario
Sudestada Nº59


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Editorial
Historias del "buen salvaje"


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Nota de tapa
La guerrilla del EGP: los sueñeros del Che


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Material exclusivo para la web
"Muertos de amor", o la historia como folletín grotesco


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Dossier
Daniel Moyano: narrativa en clave de sol


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Crónica viajera
Salar de Uyuni, Bolivia


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Viñetas sueltas
Las invasiones inglesas según la historieta


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Entrevista
Hernán López Echagüe: voces del litoral














Nota de tapa

La guerrilla del EGP: los sueñeros del Che

Por: Hugo Montero


Silencio, olvido, mentira. La historia del EGP permaneció durante décadas oculta en las entrañas de la tierra. Comandado por Jorge Masetti, integrado por un puñado de combatientes y planificado por el Che Guevara desde Cuba, el foco fue rápidamente aniquilado en Salta, en 1964. Uno de esos hombres se llamaba Hermes Peña; y esta es su historia. Además, Jouvé, Rot y Szpunberg recuerdan la experiencia y critican el libro de Lanata.

1.“Movilidad constante. Vigilancia constante. Desconfianza constante”. Esas habían sido las únicas palabras que Hermes había escuchado del Che durante la breve despedida. Las órdenes eran concretas: relevar la zona, evitar el combate, no dar a conocer la presencia del grupo hasta que se decidiera entrar en acción. Había que consolidar al foco en la zona y esperar: el Che había prometido, en esa breve despedida, sumarse cuanto antes al grupo que comandaba Masetti.

Ahí estaba Hermes, esperando la salida del avión, repitiendo una y otra vez aquella sugerencia como un estigma. En sus manos llevaba un cuaderno de tapas duras: un regalo del Che. Le había pedido (y los pedidos del Che eran una orden para Hermes) que llevara un registro diario de la epopeya en Argentina. No era sencillo el desafío, y el Che lo sabía: Hermes había aprendido a leer y escribir hacía muy poco tiempo, por eso la orden del Comandante era, también, una prueba para el joven capitán cubano. Una prueba que le quitaba el sueño en pleno vuelo.

Buscaba Hermes la palabra justa para empezar su diario. A unos asientos de distancia, Masetti le iba dejando lugar al sueño, que ya venía. La Habana se había esfumado de las ventanillas del avión hacía un rato. Estaba solo Hermes, frente al cuaderno. Las hojas en blanco, el lápiz, el silencio. Y una historia por escribirse...

2. La novedad, fugaz, atravesó los teletipos de las agencias de noticias el 12 de julio de 2005: “El juez federal de Orán, Raúl Reynoso, confirmó que fueron hallados los restos del guerrillero cubano capitán Hermes Peña Torres (más conocido como el ‘lugarteniente’ de Ernesto Che Guevara), quien había sido abatido el 18 de abril de 1964 durante un enfrentamiento con la gendarmería argentina”.

Sin abundar en detalles, la crónica daba cuenta del hallazgo de los restos de un cubano en el cementerio de Orán, en Salta. El cable finalizaba con la versión oficial de la muerte del guerrillero: “Cuando Hermes fue detectado en El Bananal, esa mañana mató al gendarme Juan Romero. Al atardecer, fue alcanzado por la patrulla y antes de morir a manos del gendarme Luis Rosas, Hermes mató por la espalda a Bailón Vázquez, porque creyó que éste lo había entregado a la gendarmería, cuando fue a pedirle que le compren víveres en Yuto para continuar huyendo”.

Nada más. Ésa fue la noticia difundida por un puñado de diarios, ésa fue la “reconstrucción” histórica expandida desde una agencia informativa. Breve, fugaz, la noticia pasó de largo un par de días después y se perdió en los archivos, sin que nadie reparara en la historia falseada, en la suerte de un cubano que había muerto durante un enfrentamiento en el monte salteño cuarenta años atrás, persiguiendo una causa que nadie se preocupó por mencionar, protagonista de un proyecto que ningún medio se detuvo a describir.

Pero Hermes no sólo era el “lugarteniente” del Che: había sido el jefe de su escolta personal, su hombre de confianza, su hermano del alma. Detrás de la crónica había, también, una historia entrañable.

Había nacido el 7 de abril de 1938 en un solitario bohío de una finca llamada La Plata, en Marea del Portillo, provincia de Oriente. Como tantos guajiros, Hermes trabajó de niño y no tuvo acceso a la educación; padeció el hambre primero y la explotación después. No tenía aún veinte años cuando observó la aparición de la guerrilla en la sierra, hasta el 24 de noviembre de 1957, cuando se sumó a las filas rebeldes para combatir contra la tiranía de Batista. Se incorporó en el Escambray, antes de la invasión a Las Villas, y formó parte de la Columna 8 “Ciro Redondo”, al mando de aquel enigmático guerrillero argentino llamado Ernesto Guevara.

La primera responsabilidad para Hermes fue cargar con la mochila más pesada del Che: la de sus libros. “La invasión se organizó bajo el principio de voluntariedad. El Che planteó que habíamos recibido una misión, la de salir a cumplir una tarea muy difícil. El que no quería ir, se podía quedar, no era obligatorio. Todos levantaron la mano”, relató Harry Villegas Tamayo “Pombo”, también integrante de la Columna 8 que tomaría Santa Clara en una legendaria batalla. Hermes participó de aquella ofensiva en primera fila, al lado del Che, y tuvo una destacada actuación: se lo vio deslizándose por debajo de los vagones del tren blindado de Batista para rociarlos con nafta.

El peligro y las situaciones extremas irían cimentando la amistad entre aquellos hombres que estaban a punto de asestarle la derrota más dura a la dictadura. “El Che me llevaba cinco años nada más, pero nos quería a nosotros como si fuéramos sus hermanos menores. Nos llamaba, estaba pendiente, nos decía: ‘Esto es así, cuidado ¡eh!’”, recuerda Alberto Castellanos, otro de los miembros de la escolta del argentino. El propio “Pombo” describe la relación que sostuvo el Che con sus hombres más cercanos: “El Che nos conocía como conocen los padres a los hijos, sabía cuándo hacíamos una maldad, cuándo le ocultábamos algo, cuándo cometíamos un error por ignorancia o por travesura. En ese período, el Che también se enamoró de Aleida March, que nos ayudó mucho a nosotros, a los escoltas del Che: a Alberto, a Hermes y a mí. Podríamos decir que fue como nuestra madrina, porque éramos traviesos y el Che a veces nos criticaba duro. Ella era la intermediaria en muchas oportunidades en que evaluaba la situación de manera distinta, y le hacía ver que era muy fuerte con nosotros”.

A partir de la preocupación del Che por instalar carpas con alfabetizadores para los campesinos, todos los miembros de su guardia personal debieron pasar por la escuela obligatoriamente. Además de las clases militares, los guerrilleros estudiaban la historia de Cuba y las matemáticas en pleno escenario de combate. Allí Hermes aprendió a leer y escribir.

La victoria revolucionaria en enero de 1959 fue una brisa cálida en el rostro de los jóvenes guerrilleros que avanzaban por las calles de La Habana, rodeados por una multitud que festejaba el final de la dictadura. Los barrios eran un tumulto, y las miradas se detenían en aquellos jóvenes héroes que llegaban para cambiarlo todo. También las miradas femeninas se posaban, a veces, en aquellos perfiles juveniles.

3. Se vieron por primera vez el 20 de mayo de 1959, durante un acto en Santiago de Las Vegas. Ella, Catalina Sibles Sánchez, de 15 años, desfilaba como abanderada de la escuela de Calabazar. Él, Hermes Peña, de 21 recién cumplidos, primer teniente de la Columna 8, no pudo dejar de mirarla en toda la tarde. En el recuerdo de Catalina, esos primeros días se mantenían frescos con cada detalle: “Al hablar con mi familia, como era una tradición fijar días concretos para la visita de novios, Hermes aclaró que no podía ajustarse a eso porque era uno de los escoltas del Che, sino que vendría cuando tuviera oportunidad. Por eso iba a verme a la hora que podía y en ocasiones se aparecía a las diez de la noche, estaba un rato conmigo y se iba con deseos de quedarse, con los mismos deseos míos de que no se fuera”.

Hermes y Catalina se casaron en diciembre de aquel inolvidable 1959, con el Che como padrino de bodas. Pero los deberes de Hermes con la revolución le impedían pasar demasiado tiempo con su mujer. Cada tanto, desaparecía durante días para seguir los pasos de Guevara en el trabajo voluntario, en el Ministerio de Industria o en las reuniones nocturnas con amigos y compañeros...

La nota completa en la edición gráfica de Sudestada nº59 - Junio 2007


A propósito de "Muertos de amor"

por Gabriel Rot (*)

(...)Lanata incursiona en una temática y en un acontecimiento ampliamente investigado: la guerrilla salteña de Jorge Ricardo Masetti y su Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP). A diferencia de tantísimos autores que debieron recorrer un larguísimo trayecto para dar, por fin, con testimonios y documentos que permitieran trabajar con solidez en una investigación; Lanata se encontró con un campo abierto, amplio, prácticamente descifrado. Ex protagonistas le brindaron su testimonio, como Héctor Jouve, y contó con la documentación proporcionada por la causa judicial completa y materiales elaborados por la gendarmería nacional. También contó con la bibliografía aparecida hasta el momento sobre aquella experiencia y con casi todo el material fotográfico existente sobre el tema. La primera pregunta que se me ocurre hacer entonces es: ¿qué hizo Lanata con tan valiosos recursos? Quien lea atentamente, o sin tanta atención inclusive, las 140 páginas de letra enorme, interlineado aireado y espacios libres casi exagerados que sin duda duplicaron la paginación de su libro, llegará a una misma conclusión: Lanata no hizo con ello absolutamente nada. Y resulta curioso porque su anunciada intención era la de elaborar de una “novela histórica”.

La guerrilla del EGP fue cualquier cosa menos un capricho del Che, su mentor y de Masetti, su comandante en el campo de operaciones. Por el contrario, fue el corolario de un proceso largamente decantado en Cuba y llevado adelante según las conclusiones que Guevara sacó del proceso revolucionario en la isla, como así también de sus convicciones más profundas: la revolución será continental o, irremediablemente, no será nada. Todo indicaba, para el Che, que así serían las cosas: sea ya por la intromisión desembozada del imperialismo norteamericano (que había intentado invadir Cuba) o por la no menos desembozada cooptación que la burocracia soviética hacía con los cubanos, atándolos a la rueda de la coexistencia pacífica y a la teoría del socialismo en un solo país, lo que reducía la solidaridad internacionalista a un mero recurso retórico de izquierdas.

¿Cómo nos presenta Lanata la cuestión?

El autor nos avisa tempranamente que nos va a hablar de “la Revolución que no pudimos hacer”. La premisa es prometedora, pero lo que sigue es una orfandad completa acerca de la armazón y los presupuestos del intento. Sólo un brevísimo paseo por la vida de Masetti con algunos datos equivocados como, por ejemplo, achacarle que siendo militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, “salió a cazar jóvenes comunistas por las calles del Centro”, seguramente basado en una artículo de García Lupo que señalaba que Masetti “se enfrentó a los comunistas en las calles”. Enfrentar no es lo mismo que cazar, pero la notoria diferencia entre una y otra actitud sirve para construir un arquetipo fascistoide, que cuadra a la perfección con los acontecimientos que Lanata va a relatar. De ahí, directo a la selva, dirigiendo el EGP, donde se mantiene el primer diálogo entre los hombres. El diálogo no es creíble, por lo que dicen y cómo lo dicen. Hablan de que “hay que darle comida a la gente” y luego “entrar a todas las comisarías y hacerlos cagar a los buchones”, además de un curioso interludio sobre la “reeducación de las putas”. Destaca el modo de tratarse entre compañeros, donde huelgan los “qué carajo querés...” y los “callate infelíz...”, modos completamente ajenos a la cotidianeidad de la militancia, armada o no...

(La nota completa en la edición gráfica)


Entrevista con Héctor Jouvé, combatiente del EGP

"Hay que transmitir lo que no sirvió para no repetir los errores"

Mezcla de indignación y dolor, la voz de Héctor Jouvé reconstruye una historia olvidada por la furia de los tiempos. La historia de un naufragio que dejó heridas abiertas y, también, lecciones que no conviene ignorar. De un tiempo a esta parte, Jouvé tomó la decisión de contar detalles de su experiencia como integrante del EGP, como protagonista y testigo de los hechos que permiten separar la crónica real de la manipulación maniquea de la historia. En mitad de ese proceso, Jouvé recibió a Sudestada en su casa, en los suburbios de la capital cordobesa. Tiene algo para contar, y su voz narra con indignación y dolor el derrotero de la primera guerrilla guevarista en Argentina.

“Yo pensaba que había que hablar de algunas cosas, porque había como un canto al heroísmo y a una serie de valores.. pero nunca lo pensé desde ese lugar. Creo que los que estuvimos en eso habíamos elegido: ninguno nos llevó, nadie nos arrió para que estuviéramos. Entonces, si era una opción, no veo dónde está el heroísmo, no sé porqué se lo veía como un acto heroico. Y yo quería bajarle el tono a ese discurso. En su momento yo cuestioné un montón de cosas respecto de la revolución, pero no del camino que se había elegido sino el fracaso del foquismo básicamente.

Es decir, todo este tipo de cosas que empecé a cuestionar me llevaron a platearme que porqué no íbamos a contar lo que habíamos vivido, y si lo guardábamos hacíamos lo mismo que se hace siempre: hacer política de espaldas a la gente. Yo pienso que si no hacemos política de cara a la gente no hacemos nada. Y por eso me pareció bueno que se hablara de todo eso, que había que hacerlo. De todos los que quedamos del EGP el único que estaba en Argentina era yo, no de los que estuvieron desde el comienzo, sino de los primeros que llegamos a Bolivia para juntarnos y entrar al país, quedaba yo solo. No podía sacarle el cuerpo a esto, y alguno tenía que empezar”.

¿Pero le costó llegar a esa decisión?

Sí, mucho. Y ojo, no porque le tuviera miedo a un montón de críticas, o que alguno dijera “mirá, éste se quebró”. Para nada, yo nunca le di bola a eso, porque pensar diferente no es estar quebrado. Yo no me quebré nunca, en el sentido que nunca renuncié a los principios con los cuales me moví toda mi vida.

Y en mitad de ese proceso, aparece el libro de Lanata...

Lo de Lanata me parece una chantada total, una novela de pistoleros muy idiota. El rol de los compañeros no fue ese, nadie puteaba a nadie, nadie le pegó una patada en el culo a nadie. No fue así. Independientemente que yo no estuve de acuerdo con los fusilamientos, pero no fue así. Había una historia ahí, que era la historia de los cubanos, que si alguien se quebraba o estaba desquiciado podía delatar, y era mejor fusilarlo que dejarlo bajar. Pero bajaron muchos del monte, pero no estaban desquiciados.

Lanata me decía que los mataban porque eran judíos, no es cierto. Bajaron muchos judíos también y otros quedaron arriba y nunca hubo ningún problema. Jamás hubo ninguna alusión que pueda relacionar a Masetti como antisemita. Yo lo llamé por teléfono porque me mandó el libro por internet, y le dije: “Eso tenés que sacarlo porque es mentira, es una grosería además, y yo creo que la hija tendría derecho a hacerte un juicio por eso”. Y yo creo que se cagó por eso y lo sacó. No sé de dónde lo sacó. Es un invento...

(La entrevista completa en la edición gráfica)



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