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Bestiario
Sudestada Nro.53


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Editorial
Confesiones imaginarias


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Nota de tapa
Crónicas bajo fuego: La historia del periodista Ignacio Ezcurra


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Dossier
La movida rastafari: De religión, marihuana y dreadlocks


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Cinestada
Raúl Perrone: "Prefiero seguir haciendo del cine una austeridad"


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Antihéroes
John Reed: Los ojos de la Revolución


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Entre Líneas
Biografía de Ramón Mercader: Viaje al interior de un asesino














Nota de tapa

Crónicas bajo fuego: La historia del periodista Ignacio Ezcurra

Por: Hugo Montero


Era el enviado especial de La Nación en la guerra de Vietnam. Lo mataron en 1968. Hoy hay indicios que refutan la versión oficial de su muerte que su propio diario se ocupó de imponer durante casi cuatro décadas. Un repaso por la vida breve de un periodista apasionado. De Buenos Aires a Saigón, la historia de Ignacio Ezcurra, con final abierto.

1. “Saigón, 8 de mayo. Correrá mucha sangre en mayo...”. Esa línea, breve, inicio de un incompleto artículo apenas esbozado sobre una página en blanco, fue lo que encontró sobre la máquina de escribir de Ignacio Ezcurra un colega de la agencia France-Press, en la soledad de su habitación. La 502 del Hotel Eden Roc, en la calle Tu Do. Sobre la cama, papeles dispersos y apuntes desprolijos: “Entrevistas. Visitas a Hue, al delta del Mekong. Saigón: la ciudad sitiada. Tal vez Khe San. El planteo para la paz. Quiénes están a favor y en contra. Los católicos. Los budistas. Las otras sectas. La gran masa indiferente. Notas circunstanciales: salida de patrulla. Creo que tengo que hacer: Mayo con sangre, junio con paz”...

“Es la habitación de alguien que ha salido apresuradamente para volver enseguida”, describía la periodista italiana Oriana Fallaci, quien viajó hasta Vietnam porque allí estaba la información. El que no estaba era Ignacio, no había regresado hacía ya un par de noches al hotel con el resto de los periodistas y crecía la incertidumbre. Lo habían visto la última vez dos días atrás, por la mañana, cuando se subió al jeep con un par de periodistas estadounidenses, Raymond Coffey del Chicago Daily News y Merton Perry de Newsweek, para dar una vuelta por Saigón. En un momento, Ignacio pidió detener el jeep y se bajó en la intersección de las calles Mihn Phung y Luc Thin, una esquina del barrio de Cholón, uno de los más peligrosos de la capital vietnamita. A cinco cuadras de allí, estaba el puente que conduce a la carretera 4 y más allá, al delta del río Mekong. “Quería echar una ojeada”, explicaron después los enviados que viajaban con él. Ignacio quedó allí, solo, y en el vehículo olvidó su chaleco antibalas y su casco con la palabra estampada PRESS, casi un salvoconducto o más bien lo único que lo identificaba como periodista en aquel infierno ajeno. Después, las sombras de la guerra se lo devoraron.

2. “Yo voy”, afirmó, convencido como nunca antes lo había estado en sus pocos años como periodista. A su lado, el editor lo miró escéptico, sin creerse demasiado las ansias de ese joven redactor que insistía con el tema y se ofrecía como voluntario a viajar a Vietnam en plena guerra. Varios intentaron convencerlo de cambiar de idea, pero con Ignacio no se pudo. Desde hacía tiempo que el tema lo había cautivado: leía, investigaba, se preparaba para un viaje que se postergaba cada día. “Quiero ir a Vietnam. Quiero ver qué pasa, porque ahí hay algo que no es lo que dicen. Quiero ir y traer la verdad”, le confesó Ignacio a su madre. Y de a poco, menos por convicción que por insistencia, le fue ganando la pulseada a editores, amigos y familiares y armó la valija para partir rumbo a Saigón como enviado especial del diario La Nación.

¿Quién era este Ignacio Ezcurra, descendiente en línea directa de Don Juan Manuel de Rosas y don Bartolomé Mitre, quinto hijo de una familia de doce hermanos, nacido y crecido en San Isidro, que ahora festejaba en silencio la decisión de viajar a la boca del lobo? ¿Era el mismo Ezcurra que había ingresado a la redacción de La Nación apenas seis años atrás, a los 22 años, en la no muy auspiciosa sección de avisos clasificados, aquel que gustaba de trabajar descalzo y en las noches, de frente a su máquina de escribir, estallaba en un aplauso y una risotada cuando capturaba ese adjetivo que encajaba justo en el párrafo final de su nota? ¿Era ese el Ezcurra aventurero, alto y flaco, aquel que viajó a Brasil y Perú en moto, el mismo que atravesó a dedo con un par de amigos medio continente americano hasta llegar a Estados Unidos ocho meses después? ¿Era el mismo joven que de vez en cuando despuntaba su pasión por la fotografía, que se había casado, un par de años antes de su viaje a Vietnam, con Inés Lynch y ya había sumado a su familia a una nena de casi un año y otro que venía en camino?

Sí, era el mismo Ezcurra que una tarde, en la turbia calma de la redacción, se impuso con la autoridad de sus ganas y se ganó la autorización de buscar la visa para emprender la aventura.

3. “Hoy estamos perdiendo dos guerras, la doméstica, y esa otra desgraciada, injusta, trágica y sin sentido de Vietnam. Yo seguiré luchando, creo que el problema racial puede ser resuelto. Tenemos los recursos necesarios. Hasta pronto, lo vuelvo a ver en Buenos Aires... Es la capital, ¿no?”, duda ante el grabador del cronista, Martin Luther King, el gran referente de la lucha por la igualdad de derechos de los negros en Estados Unidos. Pero se equivocaba Luther King, y por triplicado. Ni el problema racial podría ser resuelto en su país, ni viajaría a Buenos Aires jamás, ni volvería a ver a ese periodista que se cruzó en su camino en Washington para arrancarle un puñado de definiciones en 1967. Como curioso capricho del destino, Martin Luther King sería asesinado el 4 de abril de 1968. Su entrevistador, Ignacio Ezcurra, correría igual suerte apenas un mes más tarde.

La investigación de Ezcurra en Estados Unidos sobre las distintas vertientes de la resistencia negra marcó el punto más alto de su breve carrera como irregular cronista de viajes. Había narrado el germen del odio creciente contra los blancos en las calles de Harlem y en los guetos de Detroit y Washington, escapando por poco de las miradas iracundas que advertían su color de piel como una provocación.

Ahora quería, necesitaba, aferrarse a un desafío, lanzarse a una aventura en serio. Como aquélla que no pudo ser, cuando las miradas de toda la prensa se posaron sobre la selva boliviana porque allí, se decía, estaba oculto el Che Guevara. Ignacio, de hecho, había conocido al Che (o mejor dicho, a Ernesto Guevara de la Serna), durante su infancia en Alta Gracia, Córdoba. Entonces, en la casa enfrente a los Ezcurra vivían los Guevara y la relación era muy cordial. Una tía de Ignacio, incluso, se casó con Jorge de la Serna, hermano de la madre de Ernesto. Ya en 1966, Ignacio pretendía viajar hasta Bolivia para rastrear las huellas de su antiguo vecino, como para responder, acaso, las bromas que le jugaban otros redactores por su relación con el Che: “Ignacio, ¿dónde está tu primo, el Che Guevara?”, le preguntó jocoso un día el secretario de redacción. La respuesta de Ezcurra borró la sonrisa en la cara de su jefe: “Si yo tuviera 200 periodistas a mi cargo, no haría esa pregunta”...

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada nº53)


"A Ignacio lo mató la CIA"

(El texto que sigue es un fragmento de la extensa entrevista con Delfina Caprile de Ezcurra, la madre de Ignacio, que realizó el periodista argentino Nicolás Doljanin y fue publicada en la revista Raíces de El Salvador, en septiembre de 2006, bajo el título “Restos mortales de la nación”. Se agradece la autorización del autor para su publicación en Sudestada.)

“Soy una mujer que ya ha visto la vida de tres siglos, porque he nacido en 1909 -comienza el relato de Chiquita- no quiero ofender a nadie, y a pesar de que soy de la familia de La Nación, me doy cuenta que La Nación se muere antes de decir que a Ignacio, mi hijo, lo mataron los americanos... Los quiero mucho: a los actuales presidentes, los Saguier, los conozco desde chicos; pero es así. (...) La verdad en cuanto a la muerte de mi hijo no la supe desde siempre; lo intuí, tuve miedo y aunque pueda estar alterando el origen de cómo me informé sobre estas cosas, ustedes antes se preguntarán, seguramente, qué ha sido lo decisivo para mí en esta cuestión. Y lo que decidió todo, ha sido una experiencia personal. Es decir, sin ningún valor periodístico, ni entonces ni ahora”.

“Ya hacía siete años exactamente que lo habían matado a Ignacio y siempre existía algo y alguien que me sugería que no podía ser, que el Vietcong no había sido; tenía claro, además, que Ignacio había partido hacia su misión sabiendo que algo arriesgaba y era el hecho de que se enojaran los americanos. De los vietnamitas, ellos, los periodistas, no tenían miedo...”

“En el diario, lo que se corría era que a Ignacio lo habían agarrado los vietnamitas. La historia de cómo yo me enteré empieza por una foto. La foto que obtengo de Ignacio muerto a mí me la dieron; en La Nación no la tenían. Me la dieron y mi íntimo amigo entonces, el obispo de acá, me dijo: ‘Chiquita, le pido que lo haga por su propio bien: no guarde esa fotografía. Quémela’. Y yo estoy arrepentidísima de haberlo hecho; pero mejor vuelvo al orden de la historia... Nuestras vidas seguían con la leyenda de Ignacio: desaparecido, perdido, que se había ido a caminar y que quién sabe lo que le había pasado; todas esas fantasías: que unos amigos en un jeep lo habían llevado, que después él había estado en una plaza hablando, que corrió el riesgo y sabía que eso le podía pasar; que un fotógrafo japonés lo había retratado y que después se había ido sin dejar rastros... Y así iba pasando el tiempo y se iba diluyendo la cosa. (...) Hasta que finalmente me llamó de La Nación (Horacio) Hornos Paz, que era en ese momento el jefe: ‘Chiquita, tenemos una noticia para darle, que es muy buena en un sentido y mala en otro y es que se ha encontrado una foto de Ignacio, por la que estamos seguros de que murió. Es muy triste en un sentido y es una tranquilidad en otro. De manera que si usted quiere venir con su nuera, vamos a estar acá...’. Y resultó que eso era para la Policía, que vaya a saber uno porqué; necesitaba una foto para darlo por muerto o algo por el estilo. La cosa es que cuando llegamos, Inés, mi nuera y yo a La Nación, nos encontramos que en la sala de redacción. Ellos habían puesto tres mesas unidas, con una ampliación de la fotografía de Ignacio de un metro ochenta y dos; Ignacio está en la foto con los brazos atados atrás, en la espalda y hacia un costado, y se ve un pedazo de la manga...

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada nº53)



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