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Nota de tapa

Jorge Masetti y Rodolfo Walsh: Nuestros hombres en La Habana

Uno era el responsable de la mayor hazaña del periodismo argentino en su historia, según el otro. El otro era el periodista capaz de desenredar la madeja de conspiraciones políticas y policiales con un talento inédito. Los dos confluyeron en La Habana, cuando una revolución florecía y el vértigo se adueñaba de la isla. Los dos ayudaron a crear la agencia Prensa Latina y a mostrar la verdadera cara de la revolución cubana. Jorge Ricardo Masetti y Rodolfo Walsh enseñaron los secretos de una profesión, pero aprendieron las dificultades de una revolución en formación, que exige siempre el compromiso histórico de vencer o morir, y así lo entendieron hasta el final.

El ascensor abrió sus puertas en el quinto piso y el Che comenzó a recorrer el camino que iba a llevarlo ante la oficina de la dirección general, justo en el otro extremo del pasillo. Antes de llegar saludó con sonrisas y sonoras palmadas en los hombros a la multitud de redactores que se fueron agolpando a su paso, entre sorprendidos y felices por la inesperada visita del comandante. Eran ya las dos de la mañana en la sede de la agencia de noticias Prensa Latina, pero el ritmo de trabajo continuaba con el vértigo habitual. Había que apurar, había que picar cables y salir corriendo a los teletipos, había que llamar a los corresponsales y confirmar con urgencia datos y cifras, había que eludir el sueño y matar el cansancio con la charla y el trabajo arduo, interminable. Sin embargo, la llegada del Che rompía los esquemas con esa sonrisa plena que apenas dejaba adivinar la fatiga de un largo día en el Ministerio de Industrias, de donde había logrado escaparse hacía unos minutos. El Che aprovechaba entonces y se pegaba una vuelta por la agencia para saludar a un amigo.

En ese hervidero en que se había transformado la redacción, la aparición repentina de tanto ruido extrañó al jefe del Departamento de Servicios Especiales de la agencia. De modo que asomó sus lentes por la puerta de su oficina para develar la razón de tanto bullicio en plena madrugada. Era la primera vez que Rodolfo Walsh veía al Che Guevara a corta distancia, perdido entre brazos y voces que lo iban empujando hacia el final del pasillo. Y Walsh, siempre cauto, siempre racional, no pudo más que emocionarse un instante ante semejante oportunidad. De todos modos, la conmoción le duró el tiempo que tardó en recordar la cantidad enorme de trabajo acumulado en su escritorio y volvió a su labor.

Del otro lado de aquella puerta donde el pasillo de la redacción terminaba, otro argentino escuchaba los ruidos y sonreía. La puerta no tardó en abrirse y la voz de Guevara en estallar, irónica y socarrona, en la penumbra de la oficina: -"¿Cómo le va al director de la mejor agencia de noticias de América Latina?", bromeó.

El director en cuestión, el periodista Jorge Ricardo Masetti, saludó al Che con una sonrisa y con un mate recién cebado. La puerta se cerró y la redacción de Prensa Latina volvió a transformarse en un hervidero. Mucho había que apurar, todavía.


"Llamen a Masetti"

Apenas nueve días después de la entrada triunfal de las tropas rebeldes comandadas por Fidel Castro a La Habana, el avión que trae a Jorge Masetti (que viaja parado, porque no quedaban asientos disponibles) aterriza en Rancho Boyeros. Otra vez la brisa caribeña engorda la camisa del periodista argentino, de regreso al país que lo marcó para siempre, pero esta vez con una invitación urgente de su amigo, Ernesto Guevara.

La Habana era festejos, gritos, abrazos y un manojo de sueños volando por cada barriada, el pueblo en las calles y el dictador de viaje, rumbo a Miami. La revolución de los barbudos había triunfado en las narices del imperio más poderoso del mundo y todo el pueblo expresaba su cariño por aquel puñado de guerrilleros que bajaron de la sierra para cambiarlo todo. Pero las agencias noticiosas de todo el mundo no hablaban de festejos ni de las multitudes marchando. Mentían, tergiversaban, ocultaban la información y el mundo dudaba ante este estallido rebelde en una isla del Caribe, y dudaba más aún de sus dirigentes. Algo había que hacer, y rápido, pensó la comandancia de la revolución. Y allí nació la Operación Verdad, una maniobra del flamante gobierno rebelde para difundir la realidad sin intermediarios, reuniendo en La Habana a una multitud de cronistas honestos de todo el mundo para mostrarles a un pueblo que paría su revolución y que la iba a defender hasta la muerte, de ser necesario.

Con el objetivo de planificar la Operación Verdad es que Masetti retorna a Cuba, un año después de su anterior visita. Y a su llegada lo aguarda el Che con noticias frescas.

El 21 de enero, cerca de 400 periodistas de todo el mundo (aunque la mayoría de América Latina) se dan cita en el Hotel Habana Riviera para asistir a la Operación Verdad organizada por Masetti, el periodista uruguayo Carlos María Gutiérrez y Celia Sánchez, miembro del 26 de Julio. "A ustedes, los periodistas latinoamericanos, no les queda más remedio que adoptar lo que les diga el cable que no es latinoamericano. La prensa de América Latina debiera estar en posesión de medios que le permitan conocer la verdad, y no ser víctimas de las mentiras de los monopolios", afirma un exultante Fidel Castro ante su auditorio, y luego agita con mayor fervor: "Hay que crear una agencia de noticias latinoamericana para contrarrestar las informaciones desvirtuadas". Los aplausos cierran el discurso de Fidel y la mayoría de los periodistas allí presentes se van conformes, pero dudando de las posibilidades de una alternativa a los monstruos informativos del sistema: United Press y Associated Press. Pero hubo unos pocos que sabían que allí estaba su trabajo, que allí comenzaba su verdadero compromiso con la revolución. Y Masetti era uno de ellos, el principal responsable de llevar esta quimera hacia adelante, de convertir la fantasía del Che en realidad. Había que hacerlo, y hacerlo ahora.


La rata de los papeles

"Hay un fusilado que vive", escuchó una vez, como al pasar, Rodolfo Walsh, y esa confesión cambió su vida para siempre. Fue el comienzo de una ardua investigación que desencadenó en el libro Operación masacre, publicado por primera vez en diciembre de 1957. Eran tiempos furtivos para el periodista que había desnudado los oscuros mecanismos de la violencia parapolicial en Argentina, tiempos de agitadas reuniones en los cafetines porteños donde las noticias iban y venían por cada mesa. Y en una de esas mesas, Walsh escuchó como al pasar, otra vez, la historia de una revolución imparable, la crónica de un dictador en caída libre y la decisión de un pueblo que, fusil en mano, se disponía a escribir una página inédita para el continente. Y ese rumor lo conmovió.

Por eso, tiempo después y apenas recibió la invitación desde La Habana de Jorge Masetti (que conocía apenas por haber compartido una fugaz experiencia en la Alianza Nacionalista), aceptó sin titubeos la oferta de participar de una nueva agencia de noticias bautizada como Prensa Latina. Walsh armó las valijas con premura, convenció a su mujer y partió con rumbo a aquella revolución que por entonces lo representaba en tanto popular y antiimperialista.

Para cuando el calor agobiante recibe a Walsh en La Habana, Prensa Latina ya es algo más que un proyecto en marcha. Es una realidad asombrosa. A partir del trabajo incansable de Masetti, aquello que se asemejaba más a un sueño daba sus primeros pasos. "Las dos cualidades esenciales del periodista que trabaja en una agencia informativa son exactitud y rapidez", escribe Masetti en el primer boletín interno de la agencia que lleva su firma. "Es necesario que siempre se tenga presente que el dar exactamente una noticia y antes que todos los demás competidores, constituyen el crédito y por ende el éxito de una empresa informativa", señala en la minuta, para después agregar que "el periodista en la calle no es otra cosa que una extensión de la agencia hacia el lugar en donde se produce la información, un nervio que hará vibrar, al contacto con la noticia, a toda la organización". El carácter didáctico de los primeros comunicados de Masetti descansaba en una razón lógica: la redacción estaba compuesta por jóvenes periodistas cubanos, sin ninguna experiencia en el trabajo de agencia. Con este panorama se enfrentó Masetti a principios de 1959, y en este escenario desembarca Rodolfo Walsh meses después.

Sin embargo, Walsh no sale de su asombro los primeros días al observar los avances extraordinarios que logra Masetti al frente de Prensa Latina: los 400 despachos diarios son reproducidos por cerca de 1200 medios en todo el mundo y traducidos a once lenguas (según Walsh, "un volumen noticioso comparable al de las agencias norteamericanas). Al mismo tiempo, se instalan oficinas de corresponsalía en 26 países de América Latina y en ciudades como Washington, New York, Londres, París, Ginebra y Praga; se cierran convenios con las agencias TASS de la URSS, la checa CTK, la china HSINHV y otras de Indonesia, Egipto y Japón, y se cuenta con colaboradores internacionales de la talla de Gabriel García Márquez en Colombia, Juan Carlos Onetti en Uruguay, Rogelio García Lupo en Ecuador y Chile, Waldo Frank en Estados Unidos y Jean Paul Sartre en Francia. Prensa Latina ya era una realidad, mérito de Masetti, que siempre repetía "hay que ser objetivos, pero no imparciales" y no sesgaba en su afán de instalar a la agencia entre las más importantes del planeta. "Masetti convirtió a Prensa Latina, a la que no pocos dieron de vida a lo sumo un mes, en una verdadera escuela de periodismo revolucionario y latinoamericano", recuerda Juan Marrero, hoy presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

Así, rápidamente, Prensa Latina se fue anotando varios impactos periodísticos, uno tras otro. Al decir de Walsh: "La cobertura de ciertos episodios latinoamericanos como los terremotos en Chile, el primer golpe militar contra Frondizi o la revolución de Castro de León en Venezuela, fue excepcional. Pero también se dieron algunos buenos palos, como decían lo cubanos, en territorio enemigo: Angel Boan (...) fue el único en conseguir un reportaje a Chessman doce horas antes de su ejecución. El mismo Boan le sonsacó una divertida entrevista a Trujillo (...) mediante el simple expediente de llamarlo por teléfono en nombre de una agencia rival, mientras un colega argentino conseguía en Madrid la primera declaración de Perón favorable a Fidel Castro. Una noche en el aeropuerto de La Habana, hice el reportaje más corto de mi vida. Era Ernest Hemingway, que decía: 'Vamos a ganar. Nosotros los cubanos vamos a ganar'. Y agregaba: 'I'not a yankee, you know?'".

En medio de este vértigo es que Walsh ocupa, por orden de Masetti, la jefatura del Departamento de Servicios Especiales, una suerte de oficina independiente que se ocupaba de desarrollar informes de mayor profundidad sobre ciertos temas clave del continente. Walsh es el hombre que elige Masetti para esa tarea, conocedor de sus antecedentes en el periodismo de investigación y de su capacidad docente, que desarrolló con muchos de los redactores. "Masetti tenía una gran confianza en Walsh que era, de todos los jefes, el que se comportaba con mayor seguridad en sí mismo. Consideraba que no tenía que preguntarle casi nada a Masetti. Él decidía y actuaba, y Masetti lo respaldaba, más que a cualquier otro, pero no porque era argentino, sino porque reconocía que Walsh sabía mucho y podía descansar en su criterio", señala Rafael Pérez Pereyra, entonces miembro de aquella juvenil redacción...

(La nota completa se encuentra en Sudestada N°34 de noviembre de 2004)

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El fracaso del EGP en Salta

La conflictiva salida de Prensa Latina lo integra a Masetti de inmediato a la estrategia del Che para América Latina. Sin embargo antes parte a colaborar con el Frente de Liberación Nacional de Argelia para profundizar su entrenamiento militar mientras se definen los detalles de su operación en Argentina. Para el periodista, ese viaje será el punto de partida de una nueva etapa. Conmovido por el proceso argelino, Masetti proyecta escribir un libro sobre esa experiencia. Pero ahora son tiempos de fusil, no de plumas, y así lo explica: "Yo parto para escribir la parte de nuestra revolución que nos corresponde a los argentinos. Por eso, hermano argelino, perdóname que tanto de lo que me enseñaste del desarrollo de vuestra revolución, en tu patria, no lo pueda consignar aquí. Estoy apurado. La Historia me urge. Y en mi patria, mi pueblo espera ansioso llenar las páginas que la Historia le depara. Cuando esté concluido (...) nos volveremos a encontrar. Tú, con tu patria liberada. Yo, con mi patria liberada".

A su regreso a La Habana en 1962, se pone en marcha el proyecto de instalar un foco guerrillero en Salta, y el nombre del destacamento es el de Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP). El Che está al mando de las operaciones, y se integran al grupo rebelde dos de sus escoltas personales: Hermes Peña y Alberto Castellanos. Masetti es designado por el Che como el comandante del foco, y adoptará como seudónimo el nombre de "Segundo", en referencia al gaucho don Segundo Sombra. Lo cierto es que el Che tenía proyectado ponerse a cargo de la guerrilla argentina y sólo la injerencia de Fidel Castro hizo que postergara su idea del viaje hasta tanto se desarrollara una logística segura en la zona.

Ya en Bolivia, Masetti y su grupo apuran el trazado de las líneas con sus redes urbanas en Córdoba y Buenos Aires y se instalan en una finca vecina al río Emborozú. Desde allí cruzarán la frontera hacia Salta en junio de 1963 para comenzar la etapa de exploración y entrenamiento de nuevos aspirantes al EGP. En medio de los preparativos, un hecho político sacude toda la estructura guerrillera: Arturo Illia triunfa en las elecciones presidenciales. Con el fin de la dictadura, los planes revolucionarios penden de un hilo. "Donde un gobierno haya subido al poder por alguna forma de consulta popular, fraudulenta o no, y mantenga al menos una apariencia de legalidad constitucional, el brote guerrillero es imposible de producir por no haberse agotado las posibilidades de lucha cívica", había definido el propio Che años antes. Pero ahora eran tiempos de urgencias, la revolución no podía esperar. Ni Masetti (que decide forzar la continuidad de la operación), ni el Che (que no manifiesta oposición y apoya a Segundo) ceden a la presión del cambio político. Para justificar su decisión, Segundo escribirá una carta abierta dirigida a Illia donde le exige su renuncia y lo intima a llamar a elecciones libres. La carta es el primer documento público del EGP y también el primer llamado de alerta para los servicios de inteligencia.

Los hombres del EGP eligen a la localidad salteña de Orán como base de operaciones, y desde allí se desplazan con el objetivo de instalar nuevos centros de aprovisionamiento, en extenuantes caminatas por las zonas más intrincadas. De hecho, la geografía y el clima se convertirán en un escollo mortal para los rebeldes, los golpes se harán comunes y la presencia de insectos será constante durante la marcha, profundizando, por ejemplo, la alergia de Segundo a las picaduras. Como consecuencia de estas complicaciones, uno de los guerrilleros muere al desbarrancarse desde una ladera de treinta metros de altura.

Otro problema fue el contacto con los habitantes de la zona, sin presencia campesina a la vista. Lo que se encontraron los guerrilleros a su paso fueron grupos marginales, aislados totalmente de cualquier contacto con la realidad. Sin embargo, Segundo pudo establecer una amistad con uno de los caciques coyas poblador del monte, al que le curaron una hija enferma. El cacique vivía en la miseria y, agradecido, colaboró con el EGP. Este contacto motivó a Masetti a escribir su "Mensaje a los campesinos", un texto de enorme calidad literaria y didáctica dirigida a los pobladores de la zona: "Cada árbol de naranjas que da frutos, les da plata a ellos. De cada cosecha, ellos exigen, roban, les da plata a ellos. ¿Es que acaso cuidaron la vaca parida o sembraron el pasto para alimentarla, o plantaron y podaron los naranjeros? ¿Acaso ellos siembran bajo el sol, desayunan en medio de la lluvia, persiguen a los bichos del monte, ahuyentan a los loros, luchan contra la peste? ¿Es que alguna vez en su vida se doblaron sobre la tierra para hacer un surco o plantar un árbol? ¿Acaso alguna vez sus manos empuñaron un hacha para voltear un tronco, o metieron sus pies desnudos en la selva plagada de víboras? Ellos, los que mejor comen, jamás sembraron. Los que tienen los más lujosos muebles, jamás cortaron un árbol. Y los que siembran, los que hachan, sólo comen maíz y ni tienen, no una mesa, ni una cama propia. Es fácil ver como viven ellos, los que no trabajan, y cómo viven los hijos de ustedes, los hijos nuestros, los hijos de los pobres".

El mensaje, firmado en enero de 1964, llegó a muy pocas manos pero refleja las sensaciones de Segundo después de conocer el terreno. "Esta es una región en que la miseria y las enfermedades alcanzan el máximo posible, lo superan. (...) Quien venga aquí y no se indigne, quien venga aquí y no se alce, quien pueda ayudar de cualquier manera y no lo haga, es un canalla", escribe en una carta dirigida a su familia en Cuba.

Cada día que pasa multiplica los problemas para los guerrilleros. A la subsistencia en medio de una geografía imposible y con ataques frecuentes de tigres del monte o chanchos salvajes, se le suma la imposibilidad de movilizarse. Masetti prioriza la permanencia en uno de los campamentos para afianzar la relación con los pobladores, pero la delación de uno de ellos es la que llama la atención a gendarmería sobre extraños movimientos en Orán. El hambre, el cansancio, la presencia cercana de gendarmería, va desgastando el ánimo de la columna del EGP. A las primeras deserciones se le suma un extremo rigor en el cumplimiento de las sanciones disciplinarias, como método ejemplificador y disuasivo con el fin de detener la desmoralización general. Pero todo se va de las manos. El cerco de gendarmería impide al EGP alcanzar las bases de provisiones y el hambre comienza a hacer estragos. En este escenario es que se forma el tribunal disciplinario para juzgar la conducta de un guerrillero, acusado de faltar al código de moral revolucionaria, que es fusilado horas después. Meses más tarde, otro integrante del EGP es ejecutado, previo juicio sumario, también por reiteradas faltas y por poner en peligro la seguridad del grupo. Los fusilamientos son el principio del fin del EGP.

Ya en febrero del 64, dos agentes policiales se infiltran en el EGP simulando pertenecer a un grupo escindido del PC. Para entonces, la suerte de la columna está echada. Los dos infiltrados promueven un incidente donde hieren a un guerrillero y la gendarmería, por su parte, extiende el cerco y captura a algunos combatientes, que no se resisten porque presentan un agudo grado de desnutrición. Otros mueren de hambre antes de ser capturados. Los únicos dos enfrentamientos son forzados por gendarmería, que tiende emboscadas (después lo negarían ante la justicia) y masacra por la espalda a varios miembros del EGP, entre ellos al cubano Hermes Peña. Lo que siguió fue la debacle total: uno a uno, caen todos los campamentos, muchos guerrilleros son tomados prisioneros (después serán torturados y juzgados en un proceso viciado de irregularidades), sus contactos urbanos detenidos, y se desata una feroz represión en los poblados cercanos, en busca de datos sobre Segundo y el resto.

Pero de Segundo nada se sabe. Apenas que estaba acompañado de otro miembro del EGP en la playa del río Las Piedras, a la espera de ayuda e imposibilitados de continuar la marcha por el hambre y las heridas.

Desconocido por la delgadez extrema y una profusa barba, sin poder caminar y con las manos hinchadas por las picaduras, cansado y derrotado, Masetti se adentra en la espesura del monte sin dejar rastro alguno. La noche y la selva lo ocultan y se llevan para siempre el sueño de una revolución derrotada, perdida entre las sombras, como el cuerpo herido de aquel joven guerrillero que un día, muy lejos del monte salteño, se imaginó escribiendo la más bella página de su patria liberada.

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Autor

Hugo Montero