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Editorial

Fuegos de Oktubre

“Es más agradable y provechoso vivir la experiencia de la revolución que escribir sobre ella” Lenin, El Estado y la revolución, 1917.

Con sólo apartar la mirada dogmática y mecanicista, la crónica de la Revolución Rusa sigue siendo hoy una invitación apasionada al debate y a la polémica. Pero también provoca el vértigo de recorrer un proceso vibrante, marcado por un espectáculo único de ideas y acciones que deja en ridículo a los eruditos del aburrimiento y a los manipuladores oportunistas. Basta con releer aquellas proclamas para sentirse uno más en esa multitud que escucha en silencio el vozarrón de Lenin, que sigue la huella de Trotsky a bordo de su tren blindado hacia el frente de batalla, que observa azorado las capitulaciones de Zinoviev y Kamenev, que adivina en las sombras los sigilosos movimientos de Stalin. No hubo, en definitiva, otro episodio más influyente en el siglo XX: se trató del primer gobierno en manos de obreros y campesinos, pero también era -nada menos- la puesta en práctica del ideario marxista, sin ningún precedente válido y sin margen de error. Era la Historia, la más pura, desgarrando el tiempo y quitando de los libros un puñado de soluciones de apuro para resistir ante las adversidades que llovían, una tras otra, sobre los bolcheviques que encabezaron la insurrección en el país más atrasado de Europa, contradiciendo fórmulas tradicionales pero haciendo carne aquello de "nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción".

Tampoco es posible desconocer los problemas que generó esa misma adversidad en que nació la revolución. Ni las consecuencias de los errores, ni el surgimiento de las contradicciones ni mucho menos el cambio de rumbo, las deformaciones burocráticas y la degeneración absoluta, que terminó por eclosionar con el derrumbe de una caricatura de socialismo sin un solo disparo de por medio. La segunda potencia mundial, el país que creció en cincuenta años como no pudo hacerlo ningún país capitalista, se derrumbó como un castillo de naipes y provocó una derrota profunda para el movimiento obrero, de la que aún no ha podido reponerse. De eso se trata, también: de intentar encontrar, en el enfrentamiento entre Stalin y Trotsky, la raíz de la derrota. En todo caso, ni la disputa individual ni su resolución dependió de las características psicológicas de dos dirigentes bolcheviques. Pero fueron emergentes y en sus ideas y gestos representaban una confrontación social mucho más compleja y vasta.

No hay pretensiones objetivas en el trabajo que encaramos, es innegable la admiración por los hombres que defendieron determinadas ideas aun al precio de sus vidas, a partir de la conformación de la Oposición de Izquierda en la URSS. Pero esa definición no puede significar ocultar preguntas, sino más bien multiplicarlas. Más allá del saludable debate que pueda generar un nuevo recorte arbitrario -como todos- sobre este proceso, la intención final es intentar aprender para no repetir los mismos errores. Y no hay aprendizaje mejor que la experiencia vital de una revolución en marcha.

Bolivia

La derecha, burda y grotesca, suele repetirse a la hora de recurrir a viejos métodos para sofocar incendios peligrosos. En ese sentido, el secesionismo es uno de sus favoritos. Entre los países eslavos, incentivó viejos resquemores nacionalistas hasta transformar a los Balcanes en un polvorín fragmentado y sumiso. La misma herramienta utiliza por estos días en Bolivia: dividir para sacar réditos, agitar el recurso del golpe de Estado como extorsión, negociar con fracciones separatistas para provocar un desequilibrio a un gobierno que no cierra filas con sus intereses imperiales.

También se repite, la derecha, con recursos represivos contra aquellos luchadores que se niegan a adoptar la fe de los conversos. La desaparición de personas sigue vigente, como también la extensa cadena de complicidades que les garantiza impunidad a los responsables de, por ejemplo, el secuestro de Julio López, dos años atrás en el tiempo.

No pretende ser original. En situaciones inoportunas, simplemente recurre a los hombres y los métodos que mejores resultados les ha brindado en las últimas décadas. En todo caso, el silencio, la indiferencia o la pasividad son complementos que los cobardes y los infames siempre tienen a mano para aportar.

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El colectivo de Revista Sudestada esta integrado por Ignacio Portela, Hugo Montero, Walter Marini, Leandro Albani, Martín Latorraca, Pablo Fernández y Repo Bandini.