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La historia oculta

Ingenio Santa Ana: "El Familiar" entre el azúcar

Los trasterrados

A Pedro Penelas y Tomas Abad, mis abuelos

No preguntaron nada.

Vinieron en los barcos del hambre y la tristeza,

traian calderos, baúles, rezos.

Viajaron desde el bosque sobre el mar de la noche.

Campesinos absortos, insurrectos.

Eran hijos de viejos labradores,

de fraguas y neblinas,

de encinas que engendraron los dioses del destierro.

Cantaban en secreto un idioma de lluvias.

Venían con los ojos desplomados del alba,

con los óleos antiguos de los templos,

con las voces desnudas.

Sin capa, sin espada, sin gloria.

Llevaban la ceniza en pobres escudillas,

el luto por herencia, el olor de los huertos.

Y lunas que bordaron mujeres encorvadas

o señales intactas en perdidas aldeas.

Traían chaquetones, mantillas, linos, panas.

Recordaban las piedras de montes con olivos,

la brisa de los aparecidos,

el hechizo de las llamas en la piedad del lecho.

La cripta, el olor del mirto, la madera.

No preguntaron nada.

Abrían las ventanas, lavaban las cocinas,

renovaban coraje en sus fotografías.

No sabían escribir ni leer ni mentir.

Eran de un linaje misterioso, de un perfil delicado.

Ofrendaban soledad, inocencia, belleza.

No conocían museos ni héroes.

No sabían de libros, de patrias, de banderas.

Protegían sus santos con ajos y albahaca.

Se ocupaban de las cosas comunes:

del trabajo, del pan, de los hijos.

No expresaron fatiga ni dolor. Morían en silencio.

Llevaban en la sangre

el honor, la palabra, la brisca.

Bebían vino tinto. No reclamaron nada.

Caminaban el tiempo de otro tiempo.

Supieron comprobar lo efímero en miradas sagradas.

Fueron los reyes de mi infancia.

Sin mármoles ni bronces ni castillos.

Hoy evoco sus nombres, sus memorias, sus sueños.

No preguntaron nada. No pregunto nada. Camino.

Buenos Aires, enero de 1995.
De "El mirador de Espenuca" (Buenos Aires, 1995, Torres Aguero Editor)

Oda al deshabitado

Saliendo de las campanas o de las lluvias

Solo puedo mirar ahora los cipreses.

Mirar las elegías ociosas de los muertos

Con el grave color de las velas hinchadas,

Navegando en sombras sin espumas

Hacia un puerto poblado de difuntos.

Sobre las voces la secreta belleza

Con los ojos abiertos,

Quemando la boca de la noche sin sábanas,

La costa roja como un suicidio a borbotones

Entre la ofrenda de la luz

Que suena la mirada otoñal

El miedo, la súbita congoja.

Y los pájaros emigran de las islas,

Del fondo del bosque donde los druidas

Convocan el tacto y al silencio.

Que penetrante, que pureza feroz

Es esta fuga desmedida en la locura de mi alma.

Oh dama sin abanicos ni duelos!

Trémula sobre el desorden y los libros,

Sobre el llanto, en los dormitorios,

Sobre las uvas húmedas de los cristales.

Impuro es el rito o el abismo
Que largamente recuerdan los retratos.

Y viene la ceniza, la nostalgia,

El viento libertario insurrecto de puños,

Las grandes desventuras, las separaciones,

Calendarios sin cornisas ni brindis ni responsos.

Así crece la injuria, el alcohol, las heridas.

Los objetos que sin piedad nos llaman

Ciegos y confusos, debajo de los muebles,

En las ventanas sumergidas por el tedio,

Por la maldad de las viudas sin amantes,

En ferias de anticuarios, en viejos mercados.

Mientras, los hijos crecen

Protegidos por huéspedes nupciales,

Flotando, delirantes, risueños

Hablando de la harina, del amaranto

De huracanadas hembras, de barrios góticos.

(Se que algunos ángeles aprisionan mis cabellos

O el destino de la niebla en los manantiales.

Pero ahora vuelve la sutil ansiedad,

Las ráfagas melancólicas del sur,

La arena y los huesos con tristes decisiones,

El desierto, el polvo que levanta la tarde

Devorando ausencias y llanuras.

Vuelven para angustiar mi duda,

Su mirada y sus senos, el hálito insomne del amor,

El pubis lleno de sollozos y días inmediatos.

La desnudez ahondo solitario

Perdido en el recuerdo traslúcido!)

Saliendo del sonido o del cielo

Entre el salitre, los parpados o el ajo

Cayendo interminablemente

Entre el amor y el odio como pobres burgueses,

Fatigado de nombres, de poemas, de hoteles,

Evocando el exilio, campesinos gallegos, plazas

La calle Viamonte, Montevideo o Edimburgo,

La pasión o el hambre

Evocando cartas, embarcaciones o follajes.

Vivimos la ternura, la eternidad del canto.

Y descubrimos Oh fuego transparente del naufragio!

Que solo la rosa se eleva a las estrellas.

Carlos Penelas
Buenos Aires, agosto de 2002
(Inedito)


Poemas breves

Creo en el verdor y en la sombra.

En la secreta tierra y sus leyendas.

En los ojos proféticos de la hembra,

en la altitud del canto que alimenta

la inaccesible imagen de la dicha.

Creo en los solitarios

y en la resurrección de los humildes.

***

El viento te acompaña.

El sol y la alegría y el ensueño.

Todo te pertenece desde siempre.

Todo nos pertenece.

Ya mi canto se embarca.

Ya tus olas me habitan el olvido.

De "Antologia acrata" (Buenos Aires, 1998, Ediciones del valle)

Ahora la luz, la claridad del cielo.

Lo que sobrevive de lo sagrado

bajo la noche estrellada.

Esta intacto el secreto que sorprende la aurora,

la azada y el arado que mis abuelos asían

como palmas triunfales.

Aquellos campesinos

irremediablemente solitarios

en bosques devastados

renacen en la llama del poema

entre la indiferencia y la congoja.

Solo ellos protegen mi espíritu,

el corazón disperso, los ángeles ausentes.

Vivo en tanta iniquidad

que solo soy libre en el ensuño.

De "Elogio a la rosa de Berceo"

Amo los viejos muebles,

las manos antiguas que identifican

la intimidad del hogar.

Junto a la lámpara que descubre el poema

los dioses soplan y consuelan mi espíritu.

Una mujer me guía, me acompaña.

Los recupera del tiempo, los protege,

descubre el alma que habita la belleza.

Crea sitios mágicos en esta constelación

de libros, retratos y talismanes únicos.

Hay una liturgia, sutiles ritos.

Como una cripta en la iniciación

este sillón trasciende mi destino.

De "Elogio a la rosa de Berceo"

Doña Pilar

La puerta de su casa nos invita a [pasar.

La virtud y las manos son formas de [Breogan.

La elemental cocina y el banco [familiar

nos muestran el secreto de la [cordialidad.

En ella hay siempre tiempo para estar [y pensar.

Y una taza de caldo y un pedazo de [pan.

Pilar nos comunica su alegría al [contar

las cosas de la feria o el recuerdo del [mar.

Nos acompaña el dulce, la galleta, la [sal.

Y el rápido susurro, ardiente, de su [andar.

(Desde el patio yo evoco a mi madre [al sonar.

Es límpido el silencio de la voz al [callar).

Aquí no existen libros ni cuadros que [mirar.

Solo la sabía vida que discurre. No [más.

Por la tarde la Virgen tiene forma de [hogar.

Con su sagrada sombra es vulgar la [Piedad.

Yo quiero que mi verso así sea al [cantar.

Profundo y transparente como su voz, [Pilar.

Carlos Penelas
Los dones furtivos (Fundacion Argentina para la Poesia, Buenos Aires, 1980)

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Autor

Hernán Oviedo