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Nota de tapa

Un país de historieta

Tierra fértil para la imaginación, Argentina fue punta de lanza durante años de la historieta mundial, con una generación talentosa que cambió para siempre las formas y los contenidos de un género popular del que ahora sólo parecen sobrevivir jirones de nostalgia. Abrazados pues a esa nostalgia es que Sudestada publica esta suerte de ranking con las historietas argentinas que, creemos, quedaron en la historia y marcaron un antes y un después en ese universo de viñetas y globitos que a uno lo transportan, siempre, a tiempos más venturosos.

Injusto, incompleto y, sobre todo, arbitrario, es este recorte selectivo que tiene a la historieta argentina como protagonista. ¿Y para qué acometer semejante tarea que, sabemos desde el vamos, dejará como resultado algunas heridas absurdas y otros tantos olvidos imperdonables? No hay una respuesta simple para ese interrogante. Podríamos decir que no podemos dejar abandonado en el pasado a ese género fascinante que tuvo a nuestro país como lugar de referencia mundial, por el talento de toda una generación excepcional que transformó a la historieta argentina en vanguardia y primera línea de un combate que hoy nos encuentra observando las alternativas desde los suburbios del género, casi sin intervenir. O quizás, como explicó alguna vez Pablo De Santis porque estamos buscando también nosotros esas claves perdidas en la infancia, esas llaves que llenaban nuestros bolsillos cuando éramos chicos y que nos hacían abrir todas las puertas de las historietas, sin tantos rodeos inútiles. Eduardo Galeano utilizaba a menudo una frase que viene a sintetizar las verdaderas razones que nos empujan a publicar hoy este arbitrario ranking de historietas: "La nostalgia es buena, pero la esperanza es mejor". Lo hacemos también porque creemos que es posible nutrir a nuevas camadas de guionistas y dibujantes con la impronta del trabajo de décadas anteriores, de tipos sensacionales que marcaron toda la geografía de ese mapa de un país de historieta, y que siguen siendo referencia obligada aún hoy.

No faltarán los enojados: "¿Pero cómo? Faltan Sargento Kirk y Sherlock Time". A lo que uno intentará explicar que, bueno, pero con Ernie Pike y Mort Cinder intentamos disimular esa ausencia. Tampoco faltarán los ofendidos: "Eh, ¿cómo no van a meter alguna del maestro José Luis Salinas, Hernán el corsario, por lo menos? Y allí se nos acabarán los argumentos, y les daremos la razón. "¿Y Langostino? ¿Y Clemente tampoco? ¡Ah, bueno! ¿Y el Loco Chávez?"... Bueno, es que sólo hay lugar para diez, qué le vamos a hacer. Saltarán también esos que siempre se guardan algún tapado y nos reprenderán por nuestros descuidos: "Falta Oski, muchachos, ¿y de Copi no pusieron nada? ¿Tienen algo contra Calé, no se acuerdan de Buenos Aires en camiseta?". No, para nada. Es que es todo muy subjetivo, para el caso, tampoco pusimos a Viruta y Chicharrón, la cosa es así. "Ah, encima que se olvidan de Las puertitas del señor López, que ignoran Don Fulgencio, que ningunean a Watami y dejan afuera a Boggie, se hace los vivos". No, no, tampoco nos pongamos así, señor, la idea era un simple ranking, ya sabemos que está lleno de errores y de olvidos, lo avisamos ya en las primeras líneas... "No, che, ¿cómo puede ser que ni mencionen al Randall de Arturo del Castillo, o al Sueñero de Breccia? Eso no es un ranking, es un papelón". ¡Epa! Qué belicosa es la gente de la historieta. Al final, si sabíamos que esto se iba a poner así no hacíamos nada... "Hubiera sido mejor, manga de salames. Mirá que no poner al Evaristo de Solano López... ¡Ticonderoga de Pratt tampoco! Ustedes no entienden nada".

En fin, no nos queda otra que pedir disculpas entonces por el ranking que sigue con las diez historietas argentinas que no podemos olvidar. "¡Ah! Las otras sí se las pueden olvidar! ¿No? Manga de caraduras..."

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Perramus

por Osvaldo Soriano

La primera obra cumbre sobre la dictadura argentina esta aquí, en este libro de imágenes inquietantes como las pesadillas del amanecer. Todos aquellos temas que los políticos y los intelectuales eluden por arduos y comprometedores, aparecen descar-nadamente en la magistral pluma de Alberto Breccia y los sutiles, desbordantes textos de Juan Sasturain.

Si la culpa es una de las cargas más pesadas y secretas que arrastra la sociedad argentina, en este fresco magistral el drama va a ser abordado de entrada: Perramus, el antihéroe abandona a los suyos, a los que van a morir, y se salva solo. La cobardía y la traición se borrarán, enseguida, con el blanqueo de la memoria. Desde entonces, será «el piloto del olvido», un hombre sin más identidad que una sombra.

Jorge Luis Borges ilustrará otro laberinto de esta historia y la recorrerá como un personaje clave para entender la tragedia. En la vida su ceguera fue un simbolo de la negación ante la realidad: el genial escritor que acertaba en las ficciones y se equivocaba en la vida.

Pero los autores de Perramus -como lo hacen los grandes artistas-, le darán una vuelta a la tuerca: Borges, no es ciego en esta aventura. Más bien se convierte en uno de sus propios personajes, tal vez en el «otro» Borges, no el que murió en Ginebra, sino aquel que soñaba con caer apuñalado en una esquina del suburbio porteño.

Sin embargo, sería insensato reducir esta epopeya de imágenes a una simple alegoría sobre los males de la represión y los mecanimos del olvido. A lo largo de estos cuadros pintados con ferocidad y ternura, Breccia y Sasturain recorren el universo de los perseguidos y los marginales, los sórdidos recodos de un mundo que cambia para no cambiar nada de lo esencial.

(...) La historia, que elude el peligro de lo lineal, vuela al disparate y a la locura: otras ficciones -la del cine, por ejemplo- aparecen dentro de este sueño dibujado: de pronto los personajes y las historias se confunden y enriquecen con la irrupción de un Oeste lejano en nuestra infancia, y tan próximo en nuestra cultura. Borges no es Borges, ni el tiempo es el tiempo que conocemos: «Un libro te trajo, otro te devolverá», dice un personaje de 1936 a Perramus, que llega desde nuestros días, filtrándose entre los pliegues del tiempo.

«No nos une el amor, sino el espanto», ha escrito Borges, y en esta historia no es un personaje quien lo repite, sino que aparece como una acotación al pie, una brusca entrada de los autores en este mundo que ellos crearon pero ya no manejan.

(...) Hay en la Argentina una liturgia de la traición que comenzó Roberto Arlt hacia 1926 con su novela El juguete rabioso. El traidor y el héroe son, también, obsesiones borgianas. Quizá en los años de la caza de brujas y de hombres hayan aflorado silenciosos, los fantasmas terribles que dormitaban en un sociedad que perdió la virtud de la solidaridad y la obligación de la dignidad.

En este conmovedor ajuste de cuentas con los años de terror, Breccia y Sasturain eligen el camino más arduo pero más seguro para buscar la verdad: una vasta reflección de claroscuros teñida de humor, de ternura y de furia creadora.

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Ernie pike

Por Gillermo Saccomanno (#)

Es sabido que Oesterheld rompió los códigos tradicionales del relato historietístico al probar que un héroe, a diferencia de los estándares yanquis, al quebrarse, también puede captar lectores solidarizándose con sus conflictos. Además, en su concepción de la aventura el héroe tiende a moverse en grupo. Como se ha dicho, su idea de lo épico es siempre social. No obstante, más allá y más acá de los rescates que se han operado de su obra, hay una de sus series que debería ser revisada: Ernie Pike. Porque aquí subyacen pistas y tensiones en las que se confunden escritura de vida y escritura de obra urdiendo una trama que parece de uno de sus guiones.

Contextualicemos. Ernie Pike fue contemporáneo de El eternauta. Oesterheld publicó las dos series a la vez en Hora Cero semanal. En El eternauta el héroe colectivo se manifiesta en potencia. En este período el peronismo proscripto, el sindicalismo clasista y la radicalización de la clase media confluyen en la insurgencia contra democracias truchas y dictaduras. Lo que El eternauta representa en términos sociales está ahí, en la calle. Al igual que en El eternauta, Ernie Pike, comienza con alguien que escribe. Pero en Ernie Pike se anuda con los lectores un vínculo menos populista. Ernie Pike no es Juan Salvo. Está siempre solo, a veces con birrete, a veces con casco, con su máquina de escribir, en el frente. Ernie Pike es la mirada piadosa del narrador y también un autoretrato narrativo de Oesterheld. Hay que observar el hallazgo del dibujo de Pratt interpretando a su guionista. Antes que analizar los ejércitos, Ernie Pike se fija, sin distinción de banderas, en las historias chicas de sus soldados, carne de cañón. Ernie Pike se presenta y presenta la historia en un primer cuadro y después se borra. Como mucho, vuelve en el final con una reflexión sobre el destino, sus paradojas. En este relato moral, en ocasiones, ni se lo ve a Ernie Pike: simplemente firma al comienzo, como un cronista firma su nota. Es decir, no es su historia la que cuenta sino la de otros: hombres, mujeres y chicos. La gran constante es la guerra. El narrador, sin duda, está del lado de las víctimas: sean yanquis o alemanas. Si hay un tema, según Oesterheld, es la muerte. Y, para la época y dentro del género, ensaya una vuelta de tuerca: la muerte se lee no desde los aliados ganadores sino desde el pacifismo. Esto, tengámoslo en cuenta, mientras se libra otra guerra: la guerra fría. Que por acá se traduce en persecución política, manifestaciones relámpago, molotovs, camiones hidrantes y picana.

Ernie Pike es la serie de Oesterheld que dibujan casi todos los artistas que colaboran en su editorial Frontera. Por lo general el escritor le asigna a cada dibujante una serie particular de acuerdo a su temperamento plástico: a Solano López el realismo urbano, a Pratt el paisaje abierto, a Breccia lo extraño y lo gótico. Con Ernie Pike no pasa lo mismo. Lo dibujan todos: desde José Muñoz a Julio Schiaffino (para quien Oesterheld crea después Buster Pike, el hermano de Ernie, un periodista de policiales). Estas variaciones sobre un mismo personaje, el escriba testigo, hacen que Ernie Pike se lea como una marca. Ernie Pike, como ninguna otra serie de Oesterheld, es la escritura donde más se borra la imagen del personaje y, justamente por este borramiento, está omnipresente in absentiam. Porque en Ernie Pike el verdadero protagonismo es de la voz narradora casi aséptica, en estado puro.

Inspirado en Ernie Pyle, el corresponsal yanqui de la Segunda Guerra, el Ernie Pike de Oesterheld es la observación centrada en el campo de combate, donde surgen miserias, lealtades, valentías que no serán condecoradas. Cuando en el 75 con Trillo entrevistamos a Oesterheld le preguntamos de dónde sacaba esas historias que sonaban tan documentadas. De libros, de revistas, nos dijo Oesterheld. La foto de una mula muerta en el barro de una trinchera le detonaba una historia. Algunas, se le podía reprochar al guionista, procedían de la literatura. Por ejemplo, London. Sin embargo a Oesterheld no le daba pudor trasladar tramas de la literatura a la historieta. Tenía clara su función de escritor de masas, sabía que muchos de sus lectores no disponían de otro acceso a la literatura que sus historietas. Y esto, más que una justificación, era -en lo que va desde fines de los 50 a los 70 y pico- una estrategia ideológica de la escritura.

Creo que no es casual que en los tiempos de Hora Cero Oesterheld se sacara una foto disfrazado de corresponsal de guerra como posando para Pratt. ¿Es una pose esta foto? Cabe también preguntarse, ¿es un mecanismo caricaturesco de identificación entre el autor y su personaje? En esta época Oesterheld todavía era como su personaje, un progre antibelicista. No obstante, cabe conjeturar que en su uniforme de combate, con birrete, hay más que una boutade, un anticipo de su elección tardía: la guerrilla. ¿Acaso en esos años 60 no encara una biografía del Che que ilustran Breccia padre e hijo? ¿Cuánto hay de casual, cuánto de deseo y elección, en la historia de Oesterheld?

En los 70, cuando retoma a Ernie Pike para Top, lo ubica en Viet Nam y es menos neutral. Su autor ya no puede serlo. Porque ahora Oesterheld acompaña a sus hijas en el compromiso militante con la lucha armada. Mientras se gana la vida escribiendo cantidad de guiones para las revistas de Columba, una editorial de derecha que regala sus revistas en los cuarteles, en El descamisado escribe una versión revisionista de la historia nacional y en el diario Noticias, La Guerra de los Antartes. El montonerismo proyecta una revista de historietas que no llegará a salir: Machete. Se llama así por el machete de copiarse, pero también por la consigna "Fusiles y machetes/ por otro 17". Los guiones que Oesterheld escribe para Machete son un calco de los que escribía para Ernie Pike en su primera época. Si antes los partisanos eran franceses o italianos, ahora son argentinos y combaten al ejército. El transporte mecánico de las tramas da para reflexionar sobre el maniqueísmo de una escritura militante, una subordinación al dogma montonero que afectará también la continuación de El eternauta que publica en Skorpio.

En esta época a Oesterheld se lo llama con admiración el Viejo. Sus hijas son asesinadas por la dictadura militar. Y el Viejo integra la inabarcable lista de desaparecidos. Dónde está, nos preguntamos. En el chupadero, el centro de detención clandestino Sheraton o El Embudo, en Villa Insuperable, los torturadores se sorprenden por el parecido físico de su prisionero con Ernie Pike.

Lo han leído, le dicen.

(#) Es escritor y guionista. Sus últimas novelas son "El amor argentino" y "La lengua del malón".

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El Eternauta

Por Rodrigo Fresán (#)

Leí por primera vez El eternauta lejos de Buenos Aires, en Venezuela. Mi familia y yo tuvimos que salir corriendo de un día para otro por, digamos, razones de fuerza mayor. No fuimos los únicos y -teniendo en cuenta lo que sucedió después- fuimos los afortunados. Y era el '75. Y una de las pocas cosas que pude llevarme fue mi colección completa de revistas Skorpio y Corto Maltés y todas las otras que, por entonces, salían en Ediciones Record. Esas mismas revistas las importaba y las vendía a precio de oro, en Caracas, un kiosquero argentino. El kiosco estaba en un barrio llamado Sabana Grande y yo iba a buscarlas todos los meses y me gastaba ahí mis ahorros. En algún momento, en una de las páginas de publicidad de alguna de esas revistas, se anunciaba la "histórica reedición" -o algo así- de El eternauta. Mi padre, recuerdo, se emocionó y me dijo que era algo genial. Así que, aprovechando un viaje de mi abuela, le pedí que me lo trajera. Y me lo trajo. Y sorpresa: las viñetas del aviso -que yo había interpretado como las de un astronauta- no sólo eran las de un terranauta sino que, además, el tipo era argentino como yo y caminaba bajo la nieve mortal por calles y lugares de Buenos Aires que habían cambiado poco desde finales de los años '50 -cuando había sido escrita y dibujada- y que yo reconocía. Pero lo que más me conmovió fue la teoría y la práctica de una gran saga porteña. Poco me importa que los puristas señalen que El eternauta está originalmente inspirada en una novela de Robert Heinlein. Tampoco me interesa la versión dibujada por Breccia, o las cada vez más degradadas secuelas que empezó Oesterheld y continuaron otros, o el valor simbólico/profético que muchos le adjudican a partir de lo que vino después, de la desaparición de su creador, de tantas nevadas mortales.

Recuerdo, sí, que la leí en una noche y que nunca olvidé determinados momentos: la muerte de Polsky, el combate de la cancha de River, el Mano agonizando mientras acaricia una cafetera, la travesía por los túneles del subte, el final terrible y cíclico y siempre abierto.

He vuelto a leer El eternauta varias veces y no ha dejado de conmoverme y asombrarme. No tengo dudas en cuanto a que se trata de una de las contadas Grandes Novelas Argentinas de la clase media (Mafalda es la otra) y que nos cuenta y nos retrata y nos define mejor que muchos, demasiados, libros de historia.

Aquí está, ya, la épica de la derrota que supimos conseguir y que, todo parece indicarlo, es todavía más eterna que los contados laureles que alguna vez ganamos. Aquí está también el mortal grito sagrado de "¡Elena! ¡Martita!" que de tanto en tanto lanzo al aire en los momentos más inesperados para desconcierto e irritación de mi mujer. Aquí los héroes juran con gloria morir. Y más que morir, los matan.

Y los Ellos siguen ahí: invisibles pero tan sólidos.

Y Juan Salvo sobrevive -como el Ishmael de Moby Dick- para contar la historia. Una historia que, como suele ocurrir con las mejores historias, termina y, al mismo tiempo, (continuará...).

Y si Hamlet se pregunta eso de "ser o no ser", en El eternauta, el narrador del asunto, Germán, se pregunta algo más terrible y algo inequívocamente argentino: "¿Será posible?", exclama Germán a la altura del último cuadrito.

La respuesta -todo parece indicarlo- es sí.

(#) Es periodista y escritor. Sus últimas novelas son «Jardines de Kensington» y «Mantra».

La nota completa en Sudestada n°41

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El colectivo de Revista Sudestada esta integrado por Ignacio Portela, Hugo Montero, Walter Marini, Leandro Albani, Martín Latorraca, Pablo Fernández y Repo Bandini.