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En la calle

Respirar en Dock Sud

Miles de personas intentan sobrevivir en un mundo de contaminación y pobreza, situado a menos de 3 kilómetros de la Casa de Gobierno y con la amenaza latente de una catástrofe ambiental.

"Prende la luz/ de la memoria y sal/ que anda reunida la alimaña./ Recuérdales tú/ que en esta aldea ya/ soñar es peligroso/ y respirar toda una hazaña"

Se mete por las ventanas cerradas, por las hendijas de las puertas, aguarda en la vereda, se oculta en los rincones del colegio, el viento lo lleva barrio arriba, todos los días. El visitante invisible no avisa, no espera. Se esparce, se extiende, se aloja impunemente en los pulmones de los chicos, en los ojos, en los bronquios. Y allí actúa, en silencio, casi sin hacerse notar, excepto cuando se deja adivinar en los fuertes olores, en la lluvia ácida, en los árboles sin hojas, en los lomos grises de los perros, en las toses de los pibes, en sus alergias crónicas, en sus ojos irritados. El visitante invisible recorre Dock Sud todas las noches y basta con levantar la cabeza para confirmar su lugar de procedencia. Los vecinos del Docke están rodeados. Rodeados por una muralla de chimeneas y torres iluminadas, rodeados por un río (o algo parecido a eso), rodeados por un cerco de contaminación único en el país.

Villa Inflamable es el nombre del asentamiento que se encuentra pegado a las paredes del Polo Petroquímico. La villa le debe su nombre a lógicas razones: el barrio está levantado sobre residuos de refinería, sobre los restos del craqueo "y sería lo primero en volar en caso de una explosión", explica Luis Mahr, vecino de la zona. Villa Inflamable es un mundo conocido, con sus gentes, y sus problemas habituales: la pobreza, la falta de trabajo. Y además, la contaminación. Camila no cumplió aún los cinco años, pero ahí anda, jugando en su casa, usando barbijo debido a sus problemas respiratorios. "Diagnóstico presuntivo: intoxicación por inhalación de ácido", señala su historia clínica. Un cuadro bastante similar al de sus ocho hermanos, que sufren broncoespasmos y diversas afecciones respiratorias. Los médicos le recomendaron a su madre mudarse de Dock Sud, pero no es tan fácil. Quedarse es resignarse a ver jugar a Camila en la vereda, a metros nada más de las chimeneas del Polo, apenas separadas por un paredón y una calle de tierra.

Del otro lado del paredón, se agolpa el ejército de fábricas, refinerías y destilerías de petróleo más importante del país. Shell, Repsol YPF, Indupa, Union Carbide, y varias más suman las 36 empresas que se reparten las 261 hectáreas que ocupa el Polo Petroquímico.

A sus pies, 50.000 vecinos de Dock Sud respiran diariamente el aire que les imponen las chimeneas, toman el agua de un río que recibe por día 68 kilogramos de cromo, conviven en sus cuerpos con contaminantes como el tolueno, el benceno, el plomo, el dióxido de azufre. Por sus calles circulan sin pausa alrededor de 400 camiones por día con cargas de hasta 40 toneladas de productos desconocidos. Los vecinos de Villa Inflamable, además, sufren el agregado de los efectos de un cableado eléctrico con capacidad para transportar 132 mil voltios, dispuesto entre el paredón del Polo y las primeras casas de la villa. El paisaje de la zona se completa con algunos basurales y con el tenebroso cauce del arroyo Sarandí, destino de los residuos petroleros de la zona. Quizá la mejor pintura de la dura realidad del barrio fue la del director Pablo Reyero y su documental Dársena Sur, donde aborda las vivencias cotidianas de tres habitantes de la zona. "Desde el piso catorce de uno de los monoblocks se veía la villa, al lado el Polo, todo cubierto por el humo blanco de las petroleras. Entonces me dije que éste era el lugar. Quería filmar a los jóvenes de acá", comentó Reyero.

La impunidad con que se han manejado las empresas para desplegar todo su arsenal contaminante no es nueva, pero encontró siempre una dura resistencia de parte de los vecinos. La instalación de la planta de coque de Shell, agravó la condición ambiental y generó en 1993 el punto más alto de movilización en el barrio. El coque es un producto residual sólido, un carbón que es lo último que queda de la destilación del petróleo y que se trabaja con temperaturas que rondan los 600º. El juez Daniel Llermanos encabezó en 1996 la causa judicial contra la planta de coque, pero terminó dándole el visto bueno a la empresa: "Contamina menos que un vaso de leche", afirmó.

Sin embargo, en la causa constan 21 mediciones de benceno en la zona, de las cuales 18 se encontraban muy por encima del límite permitido según la legislación ambiental de la provincia. En los análisis de tolueno, los resultados fueron similares. Ni el municipio ni el gobierno provincial se hacen cargo de la salud de la gente de Dock Sud. "Tenemos una tranquilidad de conciencia absoluta", reconoció el intendente Oscar Laborde cuando se le consultó por su opinión acerca de los riesgos para la vida de 50.000 personas que representa un Polo sin control.

"En cualquier parte del mundo puede haber una destilería, una refinería o una química. Pero no puede haber 36 juntas, en 200 hectáreas y pegadas a un barrio urbano", asegura Juan Carlos Longhi, otro vecino. Muchos piensan lo mismo en un lugar donde los problemas respiratorios son tan comunes como la venta récord de broncodilatadores, la mayor en la provincia de Buenos Aires.

El puerto es otro problema sin solución. Se encuentra frente al canal y está dividido en dos sectores: la dársena de inflamables y el muelle de propaneros. Para Osvaldo Ramírez, miembro de la sociedad de fomento 9 de Julio, "con las reformas en Puerto Madero aumentó el tránsito de buques en Dock Sud. Y ahora están dragando el suelo del río para permitir el ingreso de barcos más grandes. Están removiendo tierras que tienen residuos de petróleo y nadie dice nada. El vecino Jorge Hiquis explicó que en el caso de explotar uno solo de los 27 globos de gas propano que hay en el Polo "el radio de ignición sería cercano a los 1.000 metros", y que si se produce una tragedia los vecinos "sólo podrían huir de la zona por cuatro calles".

No pasan muchos periodistas por el Docke, pero algunos se interesan por el tema. Los vecinos abren las puertas ante la llegada de la prensa, muestran carpetas, prestan fotos, cuentan historias, nos llevan a visitar la zona, explican cada detalle técnico como eruditos en el tema. En eso se han convertido a fuerza de tragar y respirar todo aquello que no se ve, pero se siente en el aire. Pero cuando llega la noche se quedan solos, otra vez. Sin ventanas ni puertas que los protejan del visitante invisible. Rodeados de gases invisibles, de ruidos insoportables, de aguas infectadas, de cables de alta tensión, de basurales, de polución, de miseria. Las paredes del Docke hablan, claro, de todo esto. Una dice: "Necesitamos oxígeno", otra: "Bienvenidos al mundo de la contaminación".

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada N°09)

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Autor

Martín Latorraca, Hugo Montero