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Nota de tapa

Buscando a un tal Soriano

Qué sucede cuando se invierten los roles. Qué es lo que pasa cuando los personajes buscan a su autor y su historia. Una historia repleta de noches, de gatos y de viejos libros, un universo conocido para el escritor Osvaldo Soriano.

Las dos sombras deambulaban por el empedrado de las calles sin rumbo fijo. Por momentos, apuraban el paso. Luego se detenían unos segundos. Se notaba que discutían, se notaba demasiado que eran forasteros por esas tierras. Uno de ellos, el más corpulento, parecía llevar cierto apuro y era de hecho, el que daba las órdenes. El otro, el más desgarbado, asentía con un gesto de confusión tan extraño que exasperaba a su compañero. Algo buscaban esas dos sombras, aunque quizás lo hacían en el lugar equivocado.

Cansados de tanto andar y temerosos por la llegada de la noche, las dos sombras optaron por meterse en una derruída librería de usados y rebusque cerca de la estación Constitución. El sonido de las campanitas en la puerta alertó al vendedor del negocio.

-Ustedes dirán, señores, qué andan buscando.

-Mire, yo sé que es extraño..., aunque a decir verdad, todo es extraño por aquí -aseguró el gordo, mientras con la mirada recorría el lugar-. Estamos buscando a un tipo, a un tal Osvaldo Soriano. ¿Le dice algo ese nombre?

El vendedor dudó unos segundos antes de contestar. Miraba los rostros de los visitantes como quien observa a alguien que conoce de algún lado, pero le resulta imposible recordarlo.

-Lamento decirles, caballeros, que el tal Soriano ha muerto hace algunos años.

-Caramba. No lo sabíamos. En fin, quizás usted pueda ayudarnos a saber algo más de él, qué cosas escribía, qué hacía...

-Mire, me encantaría ayudarlos pero ya es un poco tarde, y además no me simpatiza eso de andar ahí, metiéndome en la vida de la gente.

-Comprendo- dijo el gordo algo decepcionado, mientras el flaco se perdía entre la montaña de libros y revistas apiladas en el fondo. Definitivamente, parecía ajeno a toda la escena, sólo se rascaba la cabeza y su rostro asumía gestos de lo más absurdos. Justo cuando las dos sombras se disponían a abandonar el lugar, el librero los detuvo... -Esperen. Tengo algo que quizás les interese - dijo mientras buscaba con los ojos una carpeta de recortes que encontró, luego de un tiempo, en las cercanías de una vieja pava de mate. -Tome, a ver si le gusta...

El gordo buscó sin prisa entre los recortes hasta que encontró uno que pareció importarle. Leyó en voz alta un tramo de aquel texto: "Mi padre era un catalán que llegó a la Argentina cuando tenía dos o tres años. Para él, la patria era ésta, no España. Trabajaba para Obras Sanitarias y lo destinaban a distintas ciudades del interior. De Mar del Plata lo enviaron a San Luis, de allí a Río Cuarto cuando yo tenía tres años. De Córdoba nos fuimos a Tandil, de donde era oriunda mi madre. Pero esa vez estuvimos sólo unos meses allí. Después pasamos a Cipolletti, en el Sur, que era literalmente el Far West. Cuando nosotros llegamos no había pavimento. Las calles eran de tierra. No existía ninguna casa de dos pisos. No había ninguna librería. Los únicos entretenimientos eran el cine y el fútbol. De ahí que yo soñara con ser futbolista. Esa fue mi primera vocación".

-Futbolista, no comprendo -repetía el gordo, sin creerse demasiado aquellas líneas. Antes de seguir a la búsqueda de otro párrafo entre los recortes, aprovechó para pegarle un vistazo al flaco, que andaba por ahí desmoronando montañas de viejas revistas. "Tandil me parecía Nueva York. Era una ciudad con edificios de cinco pisos, con grupos teatrales, bibliotecas, librerías. En los cafés, me incorporaron a la mesa de intelectuales de Tandil. Eran todos socialistas. Dejé de pensar que sería jugador de fútbol y decidí ser escritor. Las dos actividades tenían algo en común: eran perfectamente inútiles, pero muy placenteras", leyó el gordo.

-Un escritor al que le gusta el fútbol, suena medio extraño, la verdad -reflexionó el gordo.

-No crea, por lo que conozco se desempeñaba bastante bien como centro forward en Cipolletti. Además, el boxeo también le gustaba mucho. El tal Soriano fue jefe de Deportes en la redacción de algunas publicaciones como Semana Gráfica y La Opinión. Mire, lea este comienzo a ver qué le parece, es una crónica sobre la victoria de Muhammad Alí contra Foreman en el Zaire...

"El derechazo de Alí. El inmenso cuerpo de Foreman que se derrumba a sus pies. Siete millones de negros musulmanes que enmudecen. O estallan de alegría. Veinticuatro minutos de pelea bastaron a Muhammad Alí para sacudir la historia del boxeo moderno. Los ojos del Zaire vieron cómo ese nieto de esclavos, que alguna vez llevó el nombre del propietario de su abuelo -Cassius Marcellus Clay- brindaba al mundo una de las grandes lecciones de fe, de dignidad, de vida, de que es capaz un hombre. Los medios de comunicación se apresuraron a difundir una imagen ligera, inocente, del triunfo de Alí. Como lo hicieron siempre que les tocó hablar de ese hombre rebelde que reúne -juntas- dos condiciones intolerables en los Estados Unidos: es negro y habla demasiado", y allí se detuvo el gordo, algo sorprendido.

-No está nada mal.

-La verdad que no -asintió el vendedor-. A ver, léase esto de acá, amigo.

El gordo tomó el texto que seguía con entusiasmo: «¿Por qué me hice escritor? Hemingway tenía una linda respuesta. Decía: "Las mariposas no se preguntan por qué vuelan". En cuanto a mí (...) yo dije siempre que lo hago para compartir la soledad. Yo soy un tipo muy solitario, aun viviendo en pareja. No voy a reuniones, no soy de presentarme en público, y si tengo que ir a la televisión, lo hago con tal sufrimiento que preferiría no hacerlo. Es más, yo creo que en los libros no tendrían que poner la foto del autor en la solapa. Chandler tenía una frase muy buena: "A un tipo con esa cara yo no le compraría nunca un libro". ¡Y es una gran verdad!».

La noche se iba metiendo de golpe por las ventanas de la librería, las dos sombras se hacían más tenues todavía en la penumbra, y apenas una débil lamparita le permitía al gordo seguir leyendo aquellos párrafos.

-Esto está muy bien -interrumpió el flaco, que salió de golpe por detrás de viejas colecciones de la revista Goles-. Pero nosotros buscamos otra cosa, buscamos algo que tenga que ver con nosotros...

-No logro entender -reconoció el librero.

-A ver, este tal Soriano, lo sabemos de buenas fuentes, nos anduvo buscando hace algunos años, muchos años. No sabemos bien por qué, pero sí que nos anduvo buscando y algo escribió sobre nosotros. Por eso estamos aquí, ahora es como que nos toca a nosotros. ¿Entiende?

-No, casi nada, pero... a ver, lean esto, este tramo quizás tenga que ver con lo que andan rastreando.

El gordo leyó otra vez en voz alta, y el sonido de su voz se dibujó en la bruma de la noche. Su voz hacía juego con el olor a libros viejos que invadía el lugar. El acento en las palabras que ponía el gordo parecía confirmar una certeza, habían encontrado algo de lo que estaban buscando: "La decadencia del gordo y el flaco se acentuaba a medida que los historiadores iniciaban el descubrimiento de su genio pasado. Laurel y Hardy eran tan sólo espectros de una época esplendorosa. Sin un dólar en los bolsillos (nunca reservaron derechos sobre sus films), comenzaron a vagar otra vez por los teatros del interior. Quienes los vieron en los escenarios recuerdan sus gags como burdas parodias, como parábolas perfectas de un círculo que se cierra. Hacia 1949 hicieron una primera gira por Europa y trabajaron en París, donde el público los adoraba. Por fin, filmaron Atoll K, una experiencia horrible. Cada vez que caían al suelo, parecía que no podrían levantarse jamás. Se imitaban a sí mismos, pero con un infinito cansancio, escribió un crítico francés. A su regreso a los Estados Unidos, la pareja no tenía otra posibilidad que la vuelta al vodevil".

El gordo interrumpió una vez más la lectura, pero esta vez sólo para mirar al flaco que, esta vez sí, escuchaba con mucha atención. La mirada que se cruzaron las dos sombras en la librería fue rara. Parecían haber caminado mucho hasta llegar a esas líneas, sus ojos mostraban una tristeza indecible y la mirada era el reflejo de todo aquello que tanto tiempo demoraron en decirse...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº14)

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Autor

Hugo Montero