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Entrevista con Martín Caparrós: "Nos hicieron creer que política es eso que practican estos canallas"

Viajero infatigable, cronista en lugares tan extraños como Sri Lanka o Birmania, Martín Caparrós es un escritor que no se limita a describir geografías conocidas. Sus opiniones también son marcas que deja este presente de confusión y falta de alternativas.

El escritor disimula su enojo detrás de una sonrisa amplia. Después de varios intentos, la entrevista tiene día y hora, pero Sudestada se adelanta e interrumpe el trabajo del periodista. En su departamento de la calle Las Heras, Martín Caparrós, recién llegado de Esquel, prepara el material que emitirá en el programa Día D. Es difícil encontrarlo en Buenos, Aires, sus compromisos laborales lo llevan a lugares tan variados como Sri Lanka, La India, La Habana o el Matto Grosso. La habitación que hace las veces de estudio está rodeada de estantes llenos de libros, algunos cuadros y un silencio bien de semana santa. El autor de Un día en la vida de Díos acepta las disculpas, se acomoda en el sillón, prende un cigarrillo y comienza una charla sobre periodismo, militancia, literatura y actualidad.

La idea es empezar con tus comienzos en el periodismo, en el diario Noticias. Vos querías ser fotógrafo, y medio de casualidad te pusieron en policiales, donde era jefe Rodolfo Walsh...

Fue muy impresionante estar al lado de tipos como Walsh en esa época, pero la verdad es que yo era un pibe que estaba ahí. Con Walsh laburé realmente una sola vez, no puedo jactarme de que haya sido mi maestro. Aprendí mucho de él leyéndolo, pero creo que no le interesaba demasiado el diario. Walsh estaba en sus cosas, metido en su gabinete. Igualmente, encerrado en una sección todos los días no se puede aprender nada.

Igualmente, eso te marcó para seguir en el periodismo. Estudiaste historia pero seguiste vinculado a la profesión...

Seguí haciendo periodismo, pero cuando cerraron Noticias conseguí un trabajo en la sección de deportes del diario El Cronista, que se había llevado a varios periodistas de Noticias. No era una sección muy compleja, pero aprendí bastante. Yo iba a la pequeña redacción, hacía colaboraciones, donde estaban varios periodistas conocidos. El periodismo me empezó a gustar, claro, pero ya me gustaba de antes.

¿Por qué elegiste estudiar historia en Francia?

No, yo lo elegí acá. Como pasa muchas veces, yo tenía un profesor de secundario en tercer año que nos enseñaba una historia revisionista, y me interesaba la manera en que nos contaba las cosas. Y por otro lado, yo estaba en algunos grupos de estudio organizados para conseguir gente para los grupos políticos. Ahí se estudiaba historia desde un punto de vista distinto. Empecé a militar en el '73, y estuve ahí, en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que eran más de izquierda, un círculo más amplio que Montoneros. Pero cuando se unieron ambas fuerzas me dejaron de lado, dejé de ser parte como militante de una organización armada. Yo no estaba, no porque no quisiera sino porque no me dejaban (risas). Después estuve en agrupaciones alternativas, más periféricas.

¿Tu exilio fue por decisión propia?

Cuando me tuve que ir era chiquito, tenía 18 años. Me fui porque en ese momento no tenía el paraguas de una organización. No estaba militando en nada, pero en ese momento no era bueno quedarse solo. Un amigo me dijo que quedarse acá sin hacer nada no servía para nada, así que decidí irme.

¿Qué elementos tomaste de ese pasado para escribir La Voluntad? ¿Quedaste conforme con el resultado final?

Yo había escrito mucho antes esa parte de la historia en una novela, No velas a tus muertos, y creía que estaba cerrada mi tarea sobre esa época. En realidad se me ocurrió escribir LA VOLUNTAD después de ver a Firmenich en aquella entrevista con (Enrique) Llamas de Madariaga. Al otro día escribí en Página/12 que no podíamos dejar la historia de los setenta en manos de ese gordito infeliz, porque no estaba contando la verdad, y que un día alguien iba a tener que escribir lo que realmente pasó. Un amigo me dijo entonces por qué no la escribía yo. Me siguió dando vueltas la cosa, hasta que me largué. Se me ocurrió contar la historia desde personas que confluyeron en un mismo espacio. No salió muy distinta a lo que pensaba, lo único diferente fue la cuestión del tamaño: si hubiese pensado que iba a salir así de grande no me hubiera animado a escribirla. Pero sí, fuera de eso, estoy muy conforme.

¿Qué repercusiones tuvo el libro entre los militantes?

Bueno, estaban muy contentos. Recibí algunas críticas parciales, del tipo por qué no pusiste esto o lo otro. Pero lo mejor que me pasó es que mucha gente me dijo que ahora por suerte le pudo explicar a sus hijos lo que hacía en ese época y por qué peleaba. También esa recuperación de la memoria de los padres después de veinte años, de historias propias, fue muy valiosa. Antes se trataba de recordar a los militantes como desaparecidos, y no por lo que habían hecho en vida, por su trabajo político. Según esa nefasta visión ellos estaban ahí, hasta que el enemigo decidió matarlos, como si no hubiesen tomado decisiones propias, parecía que eran sólo objetos de los demás. Tratándolos así, era como darle la razón a los que los habían desaparecido.

Muchos artistas e intelectuales se volcaron a la lucha armada porque no les alcanzaba con su profesión ¿Cómo te tocó eso a vos?

Yo no tuve que dejar nada. Tenía 14 años y ya estaba en política. Eso pasaba mucho, pero igualmente yo no sé hasta qué punto eso estaba bien, no creo que la única forma de una verdadera militancia fuera agarrando las armas. Por lo menos, había que salir a la calle y andar con un fierro calzado por si pasaba algo. Eso se consideraba parte de la militancia. Estaba muy fuerte el sentido militar, no sólo por el hecho de agarrar las armas, sino por el verticalismo de las organizaciones.

Después de La Voluntad, ¿te cambió en algo la visión que tenías de tu propia militancia?

No la mía en particular, pero sí el hecho de la militancia en general. Porque sobre todo esa visión sobre la época, que la definía como una época negra y violenta, cuando en realidad obviaba la existencia de un entusiasmo increíble. De hecho, el primer título del trabajo era Los años de fuego, pero me di cuenta que con ese título se seguía alimentando esa cuestión que rescataba de la época el lado de la violencia, cuando en realidad había todo un interés de unir voluntades y esfuerzos para cambiar las cosas. Pasaron tantas cosas que limitarlo sólo al tema de la violencia no era acertado.

Algunos partidos impulsaban a sus militantes en los '70 a trabajar en fábricas para «proletarizarse» y adquirir conciencia de clase. ¿Creés que puede existir algún paralelismo con esa línea política en la actualidad?

No, no creo. Antes no lo podía decir, pero en ese momento también me creía poco eso de la proletarización, me parece que eso tenía que ver con un mito de época donde se creía que el proletariado era el único portador del cambio revolucionario. El pasado demostró que eso era una falsedad, y me parece que desaparecido el proletariado, ponerse a buscar otra clase que lo sustituya sin ponerse a rever esa manera mitológica, sería un error. Pensar que hay un sector elegido para producir esos cambios es de una cortedad intelectual extraordinaria.

¿Cuál era la idea que tenías antes de Perón y la que tenés ahora?

Me pasa lo mismo que con el tema de la proletarización, nunca le creí demasiado. Perón siempre me cayó mal, pero antes trataba de disimularlo. O mejor dicho, trataba de corregirlo, porque me parecía un error mío. Estaba mal en el sentido que había que tratar de componer las cosas en torno a él. Antes no lo podía decir, y ahora sí, eso cambió. En La voluntad está bastante bien expresado lo que pienso de Perón, de su doble discurso, en dos cartas que envía a la Argentina con pocos días de diferencia. En una, que le manda a mi padre, que era una especie de intelectual de izquierda peronizado, y otra a un representante de la derecha conservadora. Eran dos cartas radicalmente distintas. El problema fue cuando volvió al país, ahí tuvo que definirse, cuando no pudo seguir haciendo ese doble juego. Y ya sabemos para qué lado se definió...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada N°18)

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Autor

Diego Lanese, Ignacio Portela