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Dossier

Perramus, sombras, nada más

El alma de una ciudad a punto de desaparecer. Así comienza una saga inolvidable que ilustró Alberto Breccia y escribió Juan Sasturain sobre la época más oscura de nuestra historia. El olvido, la traición y la fantasía; protagonistas de Perramus, la historieta que Osvaldo Soriano definió como la primera obra cumbre sobre la dictadura argentina.

Otra vez, como de costumbre, los mismos fantasmas recorren las páginas desgastadas por el tiempo. Otra vez, como siempre, esos espectros se meten sin pedir permiso para marcar los ritmos de un relato, la respiración de un narrador, la textura de una trama sombría. Imposible zafar de ellos, tarea absurda intentar exorcizarlos: allí están, puntuales e inevitables como siempre. A veces disimulados, otras veces explícitos. Allí, en esos textos que son, de alguna forma, también suyos. Perramus, una pesadilla argentina, la historieta creada por la imaginación de Juan Sasturain y Alberto Breccia a comienzos de los '80, no puede eludir esos fantasmas. Al contrario, acude a ellos para nutrirse, los necesita para darle sentido a una aventura atravesada por la fantasía y la realidad; para así edificar un relato rebosante de talento, cargado de oscuridad y de matices, cruzado por guiños cómplices con el lector e inserto en una senda de ficción que le permite reflejar con crudeza una lúgubre etapa de nuestra historia reciente.

"Acosado por el miedo y el peso intolerable de una cobardía, un hombre pedirá el olvido y le será concedido. Cuando despierte, desnudo en un lecho de amor que desconoce y junto a la mujer que ha devorado su tiempo como una madre la placenta de su cría, será otro o -mejor- será nadie"; explica el propio Sasturain en la introducción de la historia. Y otra vez, ese comienzo, ese primer paso en la narración se hace determinante. Las primeras dos páginas de Perramus son una estocada mortal, al mismo nivel de otro comienzo ya legendario; el de ese otro fantasma siempre presente llamado El Eternauta. Esta vez, en Perramus, el protagonista, acosado por sus perseguidores, elige salvarse solo, escapar del escondite donde sus compañeros duermen sin sospechar que sus captores los acechan escaleras abajo.

El protagonista es un cobarde, un miserable traidor. ¿Qué mejor revulsivo para el comienzo de un relato? ¿Qué mejor argumento que aquel del hombre que se empuja a sí mismo hasta el último escalón de la dignidad humana, traicionando a sus compañeros, dejándolos a merced de carniceros para salvar su vida (y luego, perderla de alguna forma)? Con ese estallido de imaginación nace el relato, con aquellas páginas bellísimamente ilustradas por el maestro Breccia, páginas marcadas por la inevitable alegoría con la pesada realidad de una dictadura asesina, de un pueblo disputando cada tarde la batalla contra el olvido empuñando sus frágiles armas de memoria. Otra vez, como siempre.

El alma de una ciudad

Creada en el ocaso de la dictadura militar argentina, Perramus representa hoy, dos décadas después de su primera edición, el último eslabón de una cadena que tuvo siempre a la historieta argentina entre las más creativas del mundo. Después, toda aquella abundancia de imaginación y audacia se fue perdiendo por razones que exceden este artículo, hasta el triste presente de la historieta criolla.

Pero volvamos a Perramus. La historieta de Sasturain y Breccia asume desde el vamos un complejo desafío: reflejar desde la ficción el período más oscuro de nuestra historia, con toda la carga de muerte y miseria que eso presupone. No se trata de imágenes cómodas para el lector, detrás de las sombras de Breccia se adivinan los carniceros de uniformes, los cuerpos lanzados al mar, la indiferencia de todo un pueblo ante una tragedia sin vuelta atrás. A contramano de los nefastos intentos del cine nacional para retratar esa etapa histórica; el resultado en Perramus es notable. Es la historia, la ficción la que impone el argumento, sin bajadas de línea ni moralinas: un relato, un simple y maravilloso relato atravesado por una escenografía imposible de olvidar, imposible de eludir.

Si la primer parte de Perramus repite la misma estructura de cualquier relato épico (el largo viaje del (anti)héroe" en búsqueda de su destino); la identidad de la historia alcanza su grado máximo cuando el protagonista encuenta en el olvido su refugio, ese olvido como punto final de un pasado de culpa que le impide seguir adelante. Allí, a partir de aquel encuentro con el olvido (con forma de puta en el relato), el protagonista consigue al mismo tiempo los elementos que definirán su próxima odisea: un sobretodo Perramus (que le otorga un nombre) olvidado por un marinero en el cuarto de la prostituta, y en sus bolsillos una guía Peuser con las calles de la ciudad (el escenario de su aventura) y un libro de Borges (el eje sobre el que se articula toda la segunda parte).

El olvido conseguido le permite a Perramus avanzar, pero como el mismo Sasturain explica, su protagonista "intuye que el olvido no es inocente, jamás lo es". Algo dentro de Perramus lo hace dudar, lo perturba; Perramus sospecha su cobardía y le teme a los recuerdos. Le teme a aquel hombre que ya no es, pero que a la vez va marcando la huella de su andar. Otra vez hacia una encrucijada donde debe elegir, otra vez ante la necesidad de optar entre la cobardía o la dignidad.

Buenos Aires es ahora Santa María, la mítica ciudad creada por Onetti; y allí se respira en cada rincón el aire impuesto por Los Mariscales, unos uniformados calavéricos que siembran el terror en cada calle. Y es la ciudad la que está en peligro; o mejor dicho: es el alma de Santa María la que está a punto de desaparecer. Acompañado por sus grotescos escuderos (de nombre Canelones y Enemigo), Perramus se topa casi por casualidad con un laberinto, mezcla de resaca y de pesadilla, que lo empuja hacia una misión secreta que tiene como líder a... Jorge Luis Borges. Sí, pero esta vez un Borges que encabeza una resistencia metafísica contra el imperio de Los Mariscales, un Borges que no es ciego pero tampoco cómplice; un Borges (re)creado por Sasturain como alter ego del mismo escritor de Ficciones que tan bien supo en su momento elogiar la eficacia de los militares.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada N°22)

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Autor

Hugo Montero