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Editorial

Fue el Estado

En mitad de esta absurda tormenta de operaciones y manipulación mediática que no cesa, vale repetir certezas que ya son parte de esta historia: una, si las fuerzas de Gendarmería no hubiesen reprimido la manifestación de mapuches sobre la ruta 40, Santiago Maldonado estaría vivo

En mitad de esta absurda tormenta de operaciones y manipulación mediática que no cesa, vale repetir certezas que ya son parte de esta historia: una, si las fuerzas de Gendarmería no hubiesen reprimido la manifestación de mapuches sobre la ruta 40, Santiago Maldonado estaría vivo. Dos, si cebados por una orden política que estimuló su ofensiva criminal, no hubiesen decidido profundizar la cacería y perseguir a los manifestantes hasta más allá de los límites del Pu Lof de Cushamen, Santiago Maldonado estaría vivo. Tres, si esa orden política no hubiese llegado expresamente desde los altos mandos del gobierno nacional, presionados por los representantes de Benetton en la zona, incómodos por el reclamo mapuche, Santiago Maldonado estaría vivo. Por eso decimos y no nos vamos a cansar de repetirlo: lo mató el Estado. Sobre esta afirmación no hay debate ni controversia posible. El Estado es responsable, porque Gendamería no es otra cosa que un brazo ejecutor de la violencia estatal. Este gobierno es responsable del accionar de sus fuerzas represivas por haber ordenado la cacería, pero también por haber sido representante y gestor del poder financiero sin tapujos ni caretas. Lo que todavía no conocemos en profundidad es hasta dónde llega la cadena de encubrimiento que, desde el aparato de gestión, se desató a partir de la desaparición de Santiago. Lo que no sabemos es hasta qué nivel de influencia se manejó este tema en Casa de Gobierno.
Lo otro que no hemos podido resolver todavía es este dolor que nos atraviesa. Es la tristeza por la vida de un pibe rebelde, aventurero, viajero y pleno de proyectos. Es la desolación por ese sector de la población que, aún después de ratificada la identidad de Santiago, sigue con su existencia con total normalidad. Esos, los que se burlan del caso, los que opinan con liviandad por las redes sociales, los que hacen gala de una ignorancia propia de una fracción reaccionaria, racista, profundamente individualista e indiferente ante cualquier gesto solidario. Cuesta mirar algunos rostros en las calles. Nos cuesta, incluso, sacar fuerzas para aclarar las distorsiones, para desnudar las operetas de la prensa, para defender el entrañable esfuerzo de la familia Maldonado, para sentir la herida abierta de la ausencia de Santiago como la de un compañero, un amigo, un hermano. Cuesta estar a la altura de este momento histórico y observar a esa caterva de ratas especulando con sus opciones electorales, analizando con cuidado el impacto de este asesinato, incluso aquellos que desde la patética mezquindad de sus cálculos, llamaron a desmovilizar, a no canalizar la tristeza en las calles, a esperar la contienda del sufragio como si las respuestas o el consuelo o lo que sea, pudiese llegar por sumar o restar un senador o un diputado. Por todo eso, nos sigue doliendo Santiago. Por todo eso, no hay discurso de barricada ni arenga optimista que nos permita quitarnos de encima este dolor.
Lo que sabemos, en todo caso, es que la única manera de ir zafando de este presente es sumar a Santiago a todas nuestras luchas, es rescatar su raíz solidaria para comprender que debemos estar allí donde se produce una injusticia, es defender a los que están de este lado de la vida, los que trabajan y se la juegan en serio, los que construyen y no se resignan. Los que, como Santiago, nos ayudan a seguir peleando.


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MISERABLES

No. No nos vamos a olvidar. De ustedes tampoco, manga de operadores de la perversión y del billete manchado de sangre. Banda de delincuentes con micrófono rentado, mercenarios de la más canalla distorsión, cómplices hasta los huesos de una operación de manipulación como pocas veces se ha visto en los últimos años. No nos vamos a olvidar de ustedes: de los Leuco, los Lanata y su séquito de chetos infames, los Willy Kohan, los Feinmann, los Blanck, los Fantino, los Clarín y La Nación, los idiotas útiles del panel de ese engendro llamado Intratables, los enviados especiales a Esquel para reproducir el pescado podrido que les bajan desde la gerencia. No los vamos a olvidar. Ustedes son una lacra sin ideología; apenas los sustenta el odio, el más reaccionario odio de clase, racista, inhumano. Ustedes, que no conocen ni la idea siquiera del gesto solidario, que no pueden ni atarle las zapatillas a la sombra de Santiago. Ustedes están anotados en la lista del basurero de la historia. Ni se atrevan a hablar de periodismo. Ni se atrevan a escupirnos en la cara, otra vez.

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El colectivo de Revista Sudestada esta integrado por Ignacio Portela, Hugo Montero, Walter Marini, Leandro Albani, Martín Latorraca, Pablo Fernández y Repo Bandini.