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La otra historia. Astilleros Astarsa

Los obreros que nos enseñaron a resistir

La zona norte del conurbano bonaerense es el escenario de una de las historias de lucha obrera más representativas de los años setenta. En los astilleros Astarsa, un grupo de jóvenes trabajadores avanzó del terreno sindical al político, adquiriendo conciencia de clase y también la decisión de apostar por un cambio revolucionario desde la raíz. Su experiencia de lucha, aplastada por el autoritarismo militar de años después, sigue representando hoy un ejemplo de organización y resistencia, un faro que todavía ilumina por encima de la penumbra de la burocracia sindical, los patrones entregadores de obreros y los genocidas de la última Dictadura.

Desde la segunda mitad del siglo xx, tras el derrocamiento del presidente Juan Perón en 1955, la lucha de clases y la insurgencia fueron en ascenso y, con ellas, la conciencia del protagonismo político que la clase obrera ganaba frente a los constantes intentos de disciplinamiento social. Las fábricas, los barrios y los colegios fueron el escenario de una masa uniforme, metamorfosis de ese proletariado organizado que podría, fuera del lema y la mera consigna, combatir al capital.
La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) registró que hubo un 30 por ciento de obreros entre los desaparecidos, pero poco se conoce acerca de las resistencias que gestó cada uno de ellos al interior de las fábricas. Resistencias que motivaron el recrudecimiento de la violencia institucional en el intento de llevar a cabo el plan sistemático de "Reorganización Nacional"; el mismo que acabó con los vínculos de solidaridad que se forjaban entre la clase trabajadora.
Esta es la historia de los trabajadores de Astarsa: aquellos treinta compañeros desaparecidos y asesinados por la dictadura que figuran en las tristes páginas de algún libro. Trabajadores que no escapan a la norma que dice –desde la creación de la Conadep y la redacción del Nunca Más en adelante– que todas las víctimas por igual, en el intento de bregar por esa justicia tan necesaria, deben ser homologadas bajo el halo de la inocencia y la virtud angelada que los vio inermes, padecer los más cruentos y espantosos mecanismos del terrorismo de Estado.
Trabajadores que, hasta la llegada del golpe, escribieron las páginas más emocionantes de la historia de la insurgencia obrera argentina.

La organización
Ubicado en la zona norte de Tigre, en el conurbano bonaerense, Astarsa era el mayor astillero de capitales extranjeros del país. Para 1970, contaba con más de 1500 empleados que se dividían entre los 700 trabajadores navales y los 800 metalúrgicos que construían tanques, locomotoras, blindados, maquinaria pesada e industrial. Trabajaban tanto para empresas privadas y estatales que proveían servicios, como para fuerzas de seguridad del Estado.
El directorio del astillero estaba plagado de militares: miembros de la Marina y la Aeronáutica y familias de la oligarquía argentina. Estas últimas fueron convertidas en la década del cuarenta en sociedad anónima. Contaban entre la nómina de sus accionistas mayoritarios a la familia Braun Cantilo y a los Braun Menéndez, terratenientes de la Patagonia y familiares directos del actual Jefe de Gabinete de Ministros, Marcos Peña Braun; hoy dueños de la cadena de supermercados La Anónima.
De a poco, el barrio entero se conformó en virtud del astillero y de los demás negocios que fueron estableciéndose en la zona como Mestrina, Aquamarine, Forte, Tarrab, y algunos otros más pequeños. Así, proliferaban en los márgenes de la zona, la construcción de viviendas y el asentamiento de negocios. Incluso los bares convivían con las changuitas que se hacían las vecinas vendiendo viandas a la hora de almorzar.
En el sector naval las tareas requerían de cierto grado de calificación, por lo que el trabajo en los astilleros era bien remunerado. Astarsa era el mejor pago y trabajar allí era garantía de poder ahorrar unos pesos y vivir mejor. Inclusive se había convertido en la referencia de la media salarial, mediante la cual el resto de los astilleros de la zona establecían los salarios de sus trabajadores.
Sin embargo detrás de un "buen salario", el capital siempre algo esconde. Las condiciones de trabajo eran duras y la insalubridad una realidad cotidiana: afecciones pulmonares, consecuencia de la exposición a la toxicidad de las emanaciones de pintura, tóxicos y soldaduras; pérdida auditiva por los golpes sobre los metales y quemaduras por estar expuestos a los 50 grados de las soldaduras. No había atención médica adecuada. Cada nueva botadura, cada barco que era echado al agua, se llevaba la vida de uno o dos obreros navales. Se hacía ineludible la relación directa entre las ganancias de la patronal, que aumentaban sin parar, y el detrimento de las condiciones laborales que les costaba la vida a los empleados...


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Autor

Martina Kaniuka