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Trata. La desaparecidas de la democracia

Una mujer desaparece en la Argentina cada 62 horas, según la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (PROTEX). En 1991, Susana Becker, de 17 años, fue captada por una red de trata de personas con fines de explotación sexual. Su mamá, Margarita, investigó casi sin ayuda de la justicia y la adolescente apareció muerta al poco tiempo. Pero eso no le impidió ayudar a otras. Creó Madres Víctimas de Trata, una ONG que acompaña a mujeres rescatadas y a sus familiares.

"Apurémonos que hay bebés", grita Nancy, secándose las manos en su delantal. Otra mujer trae de afuera diez bolsas en cada mano y las acomoda en el piso. Todas tienen un tupper adentro. O dos. Son las diez de la mañana, pero las que cocinan saben que el hambre no tiene horario. Dicen a los que esperan que el menú del día es papa hervida con bife a la criolla. Familias, mujeres y hombres solos. La fila llega hasta mitad de cuadra. Casi 500 personas por día pasan por ahí. No hace falta buscar la numeración. Pasaje Santiago del Estero, barrio de Constitución, a dos cuadras de la estación de trenes. Las paredes están pintadas de colores y en la puerta hay un cartel que dice "El hambre es un crimen". Pasadas las once y media llega Margarita Meira, la dueña de la casa y fundadora del comedor "Madres de Constitución". Se acomoda los rulos, prepara su mate con yuyos e invita a la gente a sentarse en la mesa grande del living.
Margarita llegó de Eldorado, Misiones, cuando tenía 17 años. Terminó la secundaria en Buenos Aires y no pudo estudiar más. Quería ser médica para volver a curar a la gente de su pueblo, pero su papá se enfermó y decidió quedarse en casa para cuidarlo. Ella sabía que lo mejor que le salía era ayudar a los demás. En 1988 pensó en poner un comedor comunitario para darles una mano a aquellas personas que cayeron en la pobreza durante el gobierno de Alfonsín. Puso un plazo: hasta que consiguieran trabajo. Pero no lo cerró porque nunca dejaron de llegar. Para ese entonces, Margarita había enviudado de su primer marido y Susana, su hija mayor, todavía estaba viva.
Durante su infancia, Susana vio cómo su madre trabajaba para que no les faltara nada. Margarita, además de administrar el comedor y atender un kiosco en la ventana de su casa, era modista: cosía para grandes marcas de ropa. Una tarde de 1991, la adolescente de 17 años decidió escaparse. Estaba enamorada. Aprovechó que no había nadie en casa para guardar algo de ropa en un bolsito; se fue antes de que volvieran. Su novio, Luis Rafael Olivera, le insistió para que viviera con él. Le hizo promesas, la sedujo. Tenía 25 años más que ella y hacía poco que salían. Lo que parecía una travesura adolescente pronto dejó de serlo. Luis no tenía buenas intenciones. Susana cayó en una red de trata de personas y no pudo comunicarse nunca más con su familia.
A Margarita todavía le cuesta entender lo que le pasó a su hija. Dice que las chicas dóciles son peligrosas, que caen más fácil en la trampa. "Susi era muy bonita y cariñosa. Nunca salió de noche. Llegaba del secundario, almorzaba y se sentaba a hacer la tarea. Me ayudaba en la casa. Bañaba a sus hermanos. Mi otra hija de 5 años, Guadalupe, lloraba cada vez que yo la peinaba, decía que le tiraba del pelo. Susi lo hacía mejor. Pedía por ella a los gritos. Pero ya no iba a volver", cuenta a Sudestada. Dice que Guadalupe, su hija más chica, es muy diferente de Susana. "A los 12 ya salía a bailar con su hermano, que era DJ en un boliche", dice. Todavía teme que ande sola por la calle. Porque el asesino sigue suelto.
Hace 24 años, Margarita salió a buscar a su hija sin ninguna pista y montó su propia investigación. Estaba embarazada, pero eso no fue un impedimento. Pateó las calles de su barrio, viajó a otras provincias y golpeó la puerta del despacho de varios políticos con puestos importantes, incluso la del presidente Carlos Menem. La echaron de todos lados.
Para ese entonces nunca se le había cruzado por la cabeza que una persona podía desaparecer. Mucho menos lo que les podía suceder a las mujeres durante esa ausencia. Se acordó de Sara Liberman, una joven que se escapó de un prostíbulo, y de Norma Penjerek, una adolescente de 16 años que, en mayo de 1962, volvía de su clase de inglés y nunca llegó. Más de cuarenta días después, un hombre encontró su cuerpo semienterrado en la localidad de Llavallol, al sur del conurbano. Esos dos casos la habían impactado cuando vino de Misiones, cuando tenía la misma edad de Susana. Y pensó lo peor.



Negocios turbios
La trata de personas, el negocio con más ganancia después del narcotráfico y la venta de armas, fue considerada por la Corte Penal Internacional como un delito de lesa humanidad. Es decir, uno de los crímenes más graves contra las personas y sus derechos humanos. Cuando la hija de Margarita desapareció, el delito de trata no figuraba en el Código Penal. Nadie sabía qué era. No existía esa palabra. Recién en 2008, casi 20 años después, se sancionó la ley 26.842 de Prevención y Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas. En el artículo 2° del texto legal se definió la trata como "el ofrecimiento, la captación, el traslado, la recepción o acogida de personas con fines de explotación, ya sea dentro del territorio nacional, como desde o hacia otros países". En 2012 se amplió la ley después de conocerse el fallo judicial del caso de Marita Verón, en el que quedaron en libertad los trece imputados por su desaparición.
El delito siempre tuvo varias aristas: por trabajos forzados, por explotación sexual, por esclavitud, por tráfico de órganos, entre otros. A Susana se la llevaron para prostituirla.
Las promesas de Luis duraron poco y se convirtieron en amenazas. Según amigas de Susana, Margarita pudo saber que la llevó a "trabajar" a dos de los prostíbulos más famosos de Capital: Cocodrilo y Shampoo. A los pocos meses, Susana apareció muerta en el departamento de su novio. El informe forense determinó que había sido por "inhalación por monóxido de carbono". Mientras ella dormía o estaba inconsciente, alguien se aseguró de que las ventanas estuvieran bien cerradas y tapó la salida del calefón. La causa fue caratulada como muerte dudosa, a pesar de que el cuerpo de la joven estaba lleno de moretones. El juez mandó tres peritos que no se pusieron de acuerdo. No hubo culpables...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada... ¿Por qué publicamos apenas un fragmento de cada artículo? Porque la subsistencia de Sudestada depende en un 100 por ciento de la venta y de la confianza con sus lectores, no recibimos subsidios ni pauta alguna, de modo que la venta directa garantiza que nuestra publicación siga en las calles. Gracias por comprender)

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Autor

Agustina Lanza