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Editorial

Cuando el poder se pone la gorra

Las imágenes que recorren el país no pueden ser más gráficas. Agentes antidisturbios cada vez más pertrechados, atiborrados de moderno armamento y de verdaderas armaduras inexpugnables, escoltados por tanques hidrantes a estrenar y con nombres atemorizantes...

Las imágenes que recorren el país no pueden ser más gráficas. Agentes antidisturbios cada vez más pertrechados, atiborrados de moderno armamento y de verdaderas armaduras inexpugnables, escoltados por tanques hidrantes a estrenar y con nombres atemorizantes, listos para recorrer las calles. Todo parece preparado para cerrar la lógica de una gestión que cuenta con la represión como eslabón determinante para consolidar su imagen. Pero no se trata, en este caso, de puro márketing: esta vez, una porción importante de la población, particularmente aquella que defiende sus privilegios y su anhelo de subrayar la distancia que los separa de los excluidos, respalda la dinámica de la mano dura y la confrontación directa contra todos los que se rebelen. Contra los que reclaman mejoras salariales en las calles, contra todos los que protestan y exijan un modelo distinto, contra quienes pretendan comer todos los días o llegar a fin de mes con sus magros salarios. La gestión precisa mantener satisfecha a su porción elitista del electorado y la razón es evidente: son los dueños de todo, son los empleadores de los alfiles de la prensa masiva que, durante todo el día, bombardean con su discurso de odio y de resentimiento. Exigen a viva voz que las leyes están para cumplirse, pero no recuerdan que manifestarse en las calles es un derecho constitucional. Se preocupan por ese país que transita en auto cada tarde, pero no tienen muy en cuenta a los trabajadores despedidos, a los expulsados del sistema, a los que nada tienen y algo reclaman. Son los voceros del odio de clase más rancio, son los perfectos representantes de una gestión y de un sector del electorado que, con tal de preservar la propiedad privada y su derecho a vivir en un mundo de seguridad y ganancias, es capaz de aplaudir a represores, de votar a gerentes explotadores y de repetir como loros el veneno que les inoculan por televisión todos los días.
Primero el ajuste, después el endeudamiento y ahora es el turno de la represión. Así de complejo es el sistema que pretenden imponer. Del otro lado, la oposición simula indignación, mientras en silencio vota a favor de los proyectos oficiales en el Parlamento, pese a contar con la mayoría necesaria para trabar cualquier iniciativa. Desde ese otro lado, los gestores de la vereda contraria se relamen ubicando sus fichas en el tablero electoral, como si las urnas fueran lo único importante en el presente político. Mejor no agitar demasiado las aguas, mejor no movilizarse en las calles, mejor no perder la manija del control social, porque después puede que llegue la hora del recambio... De ese modo caracterizan la realidad. Mientras tanto, la inflación erosiona los salarios de los trabajadores, los puestos de empleo se pierden y el hambre golpea las puertas en los barrios, otra vez, como de costumbre.
¿Será verdad, entonces, que la política es patrimonio exclusivo de los poderosos? ¿Será cierto que los únicos capaces de ocupar cargos públicos son esos, los mismos de siempre, los frutos podridos del árbol del clientelismo y el entramado partidocrático? ¿Habrá chance, en alguna ocasión, de comenzar a pensar en una alternativa de transformación real, que no beneficie a los empresarios explotadores y que se ocupe de las necesidades de los trabajadores, de los vecinos, de los que menos tienen? ¿Quiénes tendrían, en todo caso, que asumir el destino en sus propias manos, terminar de confiar en ese "mal menor" que siempre se renueva, y apostar por otras voces, por otros intereses, por nuestros sueños? ¿Cuándo llegará el tiempo de devolver tanto palazo y de pisar fuerte, por una vez, contra los dueños de todo?



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En cada evento, en cada marcha, en cada ocasión en que una mesa de Sudestada se posiciona en la calle, nos cruzamos con amig@s lectores. Y en cada oportunidad, no hay mejor elogio que recibir el repetido comentario: "Los leo siempre, aunque muchas veces no estoy de acuerdo con ustedes". No pensamos una revista para uniformar pensamientos, ni siquiera la elaboramos con un criterio único. Hacemos nuestro trabajo desde la diversidad de miradas, desde la certeza de que podemos aplicar el pensamiento crítico como herramienta de debate con todos aquellos que se cruzan con nuestras ideas, en estas páginas. Por eso mismo, no hay instancia más satisfactoria que ese cruce callejero, que esa discusión que se improvisa ante cada puesto de venta, que esos comentarios que nos hacen llegar por las redes sociales: porque no siempre pensamos igual, dialogamos. Porque no siempre llegamos a las mismas conclusiones, intercambiamos dudas. Hace quince años elegimos este camino, y lo mejor de todo es seguir encontrándonos con ustedes.

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El colectivo de Revista Sudestada esta integrado por Ignacio Portela, Hugo Montero, Walter Marini, Leandro Albani, Martín Latorraca, Pablo Fernández y Repo Bandini.