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El ojo blindado

El aliento del racismo

Casi siempre se les niega el alma a los afroamericanos en el cine occidental. El cine africano es para otro análisis. Pero en el cine hecho al oeste del eje de la tierra, vemos “lo negro” como ajeno, lejano y distante. Casi siempre a través de personajes limitados en su conocimiento y haraganes en su voluntad.

Casi siempre se les niega el alma a los afroamericanos en el cine occidental. El cine africano es para otro análisis. Pero en el cine hecho al oeste del eje de la tierra, vemos "lo negro" como ajeno, lejano y distante. Casi siempre a través de personajes limitados en su conocimiento y haraganes en su voluntad. Se nos ahoga con el relato de que las virtudes epistemológicas en ellos son anomalías, accidentes o caprichos del azar. La cámara los mira siempre en una tercera persona presuntamente objetiva pero que en verdad expone una meditación parcial. Somos espectadores antropólogos y no colegas de especie y emociones. Uno podría creer que este vicio racista de mentir, cuando se representa a los negros es una constante de los directores blancos, y si bien estadísticamente la mayoría de los directores blancos cuando filman a negros o sobre negros, siguen actualizando los mitos más perversos sobre esta comunidad, hay que aclarar, también, que en esa construcción permanente de modelos semivacíos de sustancia espiritual participan también directores afroamericanos. La cámara de los negros no se atreve a filmar sin temor a la propia "negritud" (concepto creado por Aimé Cesar y Leopold Senghor). Ese temor quizás puede ser entendido frente a los latigazos milenarios del hombre blanco.
"No se trata de criticar sino más bien de destacar", nos dice Roberto Arlt en el libro con varios apuntes sobre cine Notas sobre el cinematógrafo (Simurg, 1997). Nombre que simpáticamente hicieron coincidir con el título elegido por Robert Bresson para su texto. Por eso, lo que diré sobre Moonlight es porque siempre hay regiones inexploradas en aquellas zonas de alto consenso, como el alcanzado por esta película. Como se coincide tanto en los argumentos que la exaltan, trabajaremos en los desechos de esas odas.
Si ha logrado tanto acuerdo en la crítica es, a mi entender, porque nada más políticamente correcto que celebrar una película de negros, dirigida por un negro, que encima supuestamente va a desarrollar la condición en la que vive dentro de su aldea un homosexual negro. Si esto, que decía ser la propuesta del film en cada invitación y publicidad, hubiera arañado la coherencia, sería uno más de los que se queda aplaudiendo de pie. Pero veo una película dirigida por un negro que no corre ningún riesgo, que no incomoda o, mejor dicho, que es muy cómoda dentro de su supuesta rebeldía.
Esta película no está contada con la gramática comercial, pero lo que cuenta tiene el aroma de lo políticamente correcto, esa cueva donde a veces se refugia la derecha para no ser percibida. Esa cueva que tiene su entrada adornada del mejor cotillón progresista, lo que dificulta la codificación del engaño. Se autoproclama profunda en su contenido y moderna en sus formas, pero no es más que otro stencil orgulloso de su neutralidad. Stencil en cuanto acto enunciativo y de denuncia insubordinado, pero inofensivo a la vez. En Moonlight se copiaran todos los clichés sobre los negros, ya vistos hasta la sobredosis en el cine, pero camuflados bajo la remera de la tolerancia que siempre revela más de lo que cree enmascarar. Caer en los clichés no es una deficiencia en sí misma. "Se puede partir de los clichés para derrotar a los clichés", nos decía Gilles Deleuze. En esta película el cliché no se atreve a levantar la mirada y se muestra vulgar, pero no es siquiera una vulgaridad en clave de acertijo sociológico o político, es un falso realismo que finge alcurnia formal. Por eso duele ver cómo se adultera a todo un segmento social, cómo ese lienzo es infiel a su objeto, cómo se sigue vendiendo una impostora versión de la conducta de los afroamericanos, y duele todavía más que sea firmada por un propio negro. En el canto al unísono de la crítica especializada escucharemos que lo que más se resalta de Moonlight es su virtuosismo técnico y brillo estético. Pero si uno se ve forzado a valorar una película sólo por su belleza técnica, ese esfuerzo en el fondo se siente extraño, como si nos faltara algo para hallarnos honestos en nuestro goce. No negamos la belleza visual y exaltamos tanto el trabajo fotográfico y actoral de la película, pero seguir presentando la técnica cinematográfica como un jeroglífico que exige siglos de aprendizaje para ser interpretado, es fortalecer ideologías dominantes. Decir que la belleza puede depender de los medios técnicos empleados y el cómo fueron empleados, es una manera elegante de negar las herramientas de producción del cine a las clases más bajas, que no solo sienten que esas herramientas son imposibles de alcanzar por su precio, sino también porque se les obliga a creer que las dificultades en la doma pueden ser eternas. Orson Welles decía que "la técnica de hacer cine se aprende en dos o tres horas". Y lo dijo uno de los directores más vanguardistas y sobre todo uno de los grandes pensadores e innovadores de la técnica cinematográfica...


(*) También conocido como Camilo Blajaquis. Es autor de los libros La venganza del cordero atado, Crónica de una libertad condicional y Retórica al suspiro de queja. Además, dirigió las películas ¿Qué puede un cuerpo?, Exomologesis, Diagnóstico Esperanza, y el documental Corte Rancho.


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Autor

César González (*)