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El ojo blindado

La potencia del odio

El odio es dios, está ahí, ahora, allá, acá, en el medio de oriente y de occidente. ¡Oh dios!, es casi decir ¡Odio! A los dos, al odio y a dios, se los convoca en ritos sagrados y solo un tornillo semántico no los obliga a significar lo mismo. El odio como dios es el semáforo del cuerpo social. Pero universaliza más aún que el concepto de dios, de dinero, sexo o música. Conecta deseos colectivos rizomáticos y es el único sentimiento (o impulso maquínico) capaz de comunicar a millones de personas de religiones rivales y hasta en guerra, en menos de un instante, de entregar el alma en manos del canibalismo, acercar en un milímetro a distancias descomunales.

El odio es dios, está ahí, ahora, allá, acá, en el medio de oriente y de occidente. ¡Oh dios!, es casi decir ¡Odio! A los dos, al odio y a dios, se los convoca en ritos sagrados y solo un tornillo semántico no los obliga a significar lo mismo. El odio como dios es el semáforo del cuerpo social. Pero universaliza más aún que el concepto de dios, de dinero, sexo o música. Conecta deseos colectivos rizomáticos y es el único sentimiento (o impulso maquínico) capaz de comunicar a millones de personas de religiones rivales y hasta en guerra, en menos de un instante, de entregar el alma en manos del canibalismo, acercar en un milímetro a distancias descomunales. Es también la figura principal de las redes sociales. El odio no tiene tiempo ni lo busca, pero sí pretende hacerse un espacio, su espacio. El odio es arquitectura pura y sus formas son sublimes. Por eso uno queda encandilado y al borde de Júpiter ante su presencia, como al chocar de frente contra la belleza de las Pirámides egipcias o aztecas. A muchos el odio los convierte en bellos, y al odiar se los puede observar más radiantes y vivos que cuando dicen estar amando.


"El odio pide existir y el que odia debe manifestar ese odio mediante actos (…) en un sentido ÉL debe hacerse odio", anota Franz Fanon, en Piel negra, máscaras blancas, de 1951. Es que el odio no vive cuando muere el amor, sino que conviven juntos, como un matrimonio cordial. En Argentina el discriminar resulta insuficiente para la moral de nuestra sociedad, colonia independiente, que se identifica con los valores de un Estado nación blanco no indígena. Que nos consuela en sus manuales solapados invitándonos a festejar que logramos el objetivo de ser peones reformistas de los mandatos imperialistas desde el siglo xix. Hoy, el argentino, por el bien moral e higiénico de la patria, reclama su derecho al odio como una fórmula adecuada para el progreso nacional. Todas esas encuestas realizadas por el márketing del miedo arrojan un resultado unánime: es la inseguridad el gran flagelo existencial del ciudadano argentino. Por eso siente legítimo, sino justo, reclamar que el Estado lo provea gratuitamente de unas buenas dosis de odio. Ese odio se materializa en la creciente toma de armas "legitimadas por la inseguridad" de gran parte de los habitantes de este país, imitando lentamente el desarrollo histórico del armamiento masivo civil de la población de Estados Unidos. Se reclama retornar a los clásicos linchamientos y desmembramientos públicos, en hordas espontáneas, bajo júbilos y orgasmos colectivos. En los programas televisivos a veces ese reclamo de regreso al suplicio es explícito y otras veces se esconde bajo una máscara vulgar de discursos confusos: la famosa cobardía de la neutralidad política. El llamado al linchamiento resplandece de modernidad. Quizás sucedían de a miles en los días romanos de antaño. O resistían aún en el comienzo rousseano de nuestra era y por eso estaban bajo la tutela del Estado, era una pena instrumentalizada por el mismo aparato estatal y era el Estado el que organizaba el "teatro del descuartizamiento" ante las masas. Hoy empiezan a ser hechos que se han multiplicado en la arena pública, realizados por simples individuos que no son funcionarios. El ciudadano hoy lincha como acto de rebeldía hacia el Estado, como queja a lo que considera una ineficacia de las instituciones. Estas tribus linchadoras son transversales a toda clase social, pero como el Ku klux klan norteamericano, tienen una presa específica, un muñeco vudú particular para sus rituales: allá fue el individuo de raza negra. Aquí el de raza villera.


Odio teledirigido

Pero también en Argentina existen otras maneras más sutiles de linchar, lo que podríamos llamar una "performance simpática del odio", o una "canción pacifista para no llegar al linchamiento real" o "la caricaturización por parte del mundo del espectáculo hacia los villeros". Sino es físico, el linchamiento es visual, cinematográfico. Se lo ridiculiza y bizarrea en cada oportunidad que tiene el cine o la tv. Sometiéndolos a interpretaciones actorales fotocopiadas, estereotipadas hasta la vergüenza. A pesar de tanta impunidad en esos retratos, en esos carnavales de burla burguesa, no hay prueba científica de que el odio sea innato. Pero sí está claro que al odiar en el organismo humano numerosas pulsiones hormonales son excitadas, que diferentes explosiones arteriales resultan beneficiosas para el cerebro, y que llueven aceleramientos sanguíneos necesarios para toda purificación globular. Por eso no son pocos los que rezan introspectivamente la oración inconsciente; "el odio es lo que le da sentido a mi vida". Sería una actitud tan ingenua como perversa atribuir al odio nada más que un pequeño lugar dentro del mar de signos que reinan la conciencia. ¿El odio es empirismo? No; pertenece a la ontología, es nada menos que un diagnóstico médico...


(*) También conocido como Camilo Blajaquis. Es el autor de los libros "La venganza del cordero atado", "Crónica de una libertad condicional" y "Retorica al suspiro de queja". Además, dirigió las películas "¿Qué puede un cuerpo?", "Exomologesis" y "Diagnóstico Esperanza", y del documental "Corte Rancho".


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada. La razón por la que publicamos apenas un fragmento de las notas es, aclaramos, que la revista depende en un cien por ciento de la venta directa. No cuenta con subsidios, ni mecenas ni pauta alguna de ningún tipo o color, y se autogestiona desde hace quince años a partir de la venta de la revista en papel. Gracias por la comprensión)

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Autor

César González (*)