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América. Visiones y utopías

La irrupción del Nuevo Mundo en el mapa de la codicia del conquistador generó algo más que una explosión cartográfica. Abrió los ojos de Europa a una realidad desconocida y empujó a filósofos y dogmáticos a acomodar sus pensamientos a la novedad. Esfuerzo necesario para legitimar el saqueo de las riquezas y la explotación de sus habitantes; viejo recurso para poner las ideas a la altura de las ganancias.

Mientras Cristóbal Colón, el Gran Almirante de la Mar Oceana, regresa tras su primer viaje, en América se inicia el exterminio al utilizar a los indios como un combustible biológico barato e "inagotable". El navegante es recibido con honores por la corte española, en particular por la reina. No es para menos: Isabel, conocida con el pio apelativo de "La Católica" por ser la madrina de la Santa Inquisición, había financiado la gran travesía. El retorno de Colón garantizaba no sólo recuperar la inversión inicial, sino que produciría enormes ganancias "en que él será mucho servido y nosotros asimismo y nuestros reinos al recibir tanto provecho.".


El Descubri... Miento, que tuvo más Mientos que Descubris, más allá de provocar la algarabía de la realeza, originó una enorme conmoción en la cosmovisión europea, obturada por el corsé religioso y la filosofía cuasi mitología de los antiguos que promovían el quietismo mental. A partir de ese momento se tienen los primeros indicios que luego confirmaría la circunnavegación de Magallanes y Elcano, acerca de que el mundo no era un plato, ni tampoco un cuadrado en cuyos temidos vértices las aguas de mares tenebrosos se precipitaban hacia abismos casi insondables.


América explosiona la cartografía. Nadie escapa a su encanto, es tema obligado en los claustros universitarios y en las tabernas marineras. Dada la conmoción, no resulta contradictorio que hablen de un "Nuevo Mundo". Vegetación exhuberante, animales nunca vistos, riquezas sin igual y unos individuos de origen desconocido que habitan las antípodas. "Las gentes que pueblan estos rumbos" perturban sobremanera a los estudiosos. ¿Quiénes eran? ¿De dónde habían venido? ¿Acaso eran hombres? ¿Tenían alma? Eruditos y sacro teólogos se sumergen en las Escrituras buscando alguna respuesta a tales interrogantes. Aunque en 1537 la Bula Papal Sublimis Deus de Paulo iii afirma la humanidad de los indígenas, en la práctica no resulta muy convincente.


Desde la concepción religiosa que imperaba, era obvio que formularan tales cuestiones. ¿Acaso tras el diluvio los hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, no habían poblado África, Asia, Europa? La Biblia era clara al respecto. ¿Y estos? ¿Qué otros hombres podrían ser? ¿Acaso el patriarca escogido por Dios tuvo un hijo bastardo que fue desterrado a estos lares sin que fuera consignado en las Escrituras? Interrogantes muy similares agitaban, sobre todo, los pasillos vaticanos. Era necesario desactivar semejante terremoto ideológico. Hubo intentos poco convincentes, como el de Miguel Cabello Balboa que en 1586 escribe Miscelánea antártica donde demuestra que los indios eran descendientes de un bisnieto de Noé llamado Ofir y que, gradualmente, fueron perdiendo rasgos civilizados como la escritura hasta acabar en la barbarie. Otros los consideran la tribu perdida de Israel e incluso los catalogan como sobrevivientes de la Atlántida...


Ilustración de Dolores Mendieta


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada. La razón por la que publicamos apenas un fragmento de las notas es, aclaramos, que la revista depende en un cien por ciento de la venta directa. No cuenta con subsidios, ni mecenas ni pauta alguna de ningún tipo o color, y se autogestiona desde hace quince años a partir de la venta de la revista en papel. Gracias por la comprensión)

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Autor

Marcelo Valko