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Gabriel Wolf: "El teatro es como un juego"

Actor, clown, director, Gabriel Wolf dio sus primeros pasos en el teatro en la década de 1980 y desde hace más de treinta años forma parte del emblemático grupo Los Macocos. En esta entrevista con Sudestada cuenta sus proyectos y analiza la situación actual del teatro argentino.

A mediados de los años ochenta, Gabriel Wolf egresaba de la Escuela Nacional de Arte Dramático y junto a Daniel Casablanca, Martín Salazar, Marcelo Xicarts y Javier Rama formaba el grupo Los Macocos. Era la época del under, el Parakultural, Cemento, Batato Barea, y ellos actuaban en un centro de experimentación teatral como el Ricardo Rojas. "En los ochenta, el Rojas era medio ninguneado", cuenta Gabriel. "Y eso que por ahí pasaron las Gambas al ajillo, el Clú del claun… Pero no era un ámbito tomado como under. Recién a partir de 1990, 1995, empezó a tenérselo en cuenta; creo que fue en la época de Rafael Spregelburd, Javier Daulte, y algunos más... En realidad, nunca supieron dónde ubicar a Los Macocos, no encajábamos en ningún lado". Los Macocos cumplieron 30 años, pero en 2016 Gabriel Wolf está enfocado en otros proyectos: dirige Walter hecho pedazos, de Facundo Zilberberg, un unipersonal inspirado en la vida de Batato Barea; actúa en Miserables. Los peligros del turismo, de Eduardo Rovner y dirigida por Gabriel Fiorito; y en Rauch, dirigida por Julieta Carrera y de autoría colectiva con los actores.


–¿Ahora estás dirigiendo una obra sobre Batato?


–Sí, Walter hecho pedazos. El título remite a cómo está hecha la obra, que no tiene una linealidad sino que tiene aspectos que nos gustaban de la vida pública de Batato como travesti, poeta, clown, y une esas cosas que eran lindas a nivel escénico con datos biográficos. Además Batato remite a los ochenta, que son mi época.


–Además estás actuando en Miserables. Los peligros del turismo, y Rauch.


–Sí. Rauch es más clownesca en lo técnico, en los personajes, en el tono que tiene la obra. Se trata de tres personas que compiten para trabajar en un restaurante y la dueña que es medio mala. Cada uno tiene el rol de un payaso: la dueña es una payasa seria, hay una payasa romántica, otro es más físico y el mío es un tonto chupamedias. Ahora la estamos haciendo para el Programa de Formación de Espectadores, del Ministerio de Educación, destinado principalmente a chicos de escuelas públicas secundarias que nunca hayan visto teatro. Rauch es una obra con humor pero que trata el tema del maltrato laboral en el contexto de una situación social de mierda, y los chicos lo captan al toque porque lo maman en la casa. Por supuesto que también se ríen y se sacan fotos con el payaso físico, pero es increíble cómo los chicos perciben el aspecto social que toca la obra. Nos encontramos con muchas sorpresas haciendo estas funciones, y me parece que el programa cumple con un montón de cosas más allá del esparcimiento. Es alucinante.


–Y al haber debate después, tienen la devolución inmediata de lo que pasa con el público.


–Sí. En el teatro en general, tras los primeros cuatro minutos de función te das cuenta al toque de lo que pasa con el público. Y si está muy frío, se ve si hay que cambiar el ritmo o hacer más hincapié en lo físico; lo que haga falta para que el espectáculo vaya por donde tiene que ir.


–¿Y no es muy complicado cambiar cosas sobre la marcha?


–Es que no es cambiar, sino intensificar rasgos que uno siente que funcionan. Eso es fácil de manejar técnicamente, dura un rato y después se vuelve a la normalidad. En estos espectáculos en los que se tiene la respuesta rápida en la risa hay que estar un poco más atento....


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada)

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Autor

Carolina Uribe