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Entrevista

Selva Almada: "Lo que más me gusta es encontrar la voz del personaje"

Ubicada desde hace tiempo como una de las voces singulares de la literatura argentina, Selva Almada se abre paso en un universo complejo a fuerza de personajes contradictorios e historias narradas con la esencia del relato oral. En esta entrevista con Sudestada, la autora de El desapego es una manera de querernos, propone narrar mundos cotidianos sin pretensiones moralistas y abre una interesante discusión acerca de las formas que se imponen en la literatura local.

En este marco donde constantemente se están leyendo libros de todas las características, en el que ese fluir de palabras forma oraciones y luego párrafos, hay que hacer un parate ante una escritora que ha llevado a buen puerto lo que se determina como literatura. Esta autora se llama Selva Almada y desde su trazo provincial, tamizado de un conurbano bien claro, ha dado a luz un puñado de historias que la han ubicado dentro de un protagonismo que sigue sosteniendo desde la no ficción y la ficción. Trabajando el lenguaje y metiéndose de manera profunda en la creación de los personajes, logra calar las sensaciones con sencillez pero sin caer en golpes bajos. Su economía de recursos para contar sigue marcando un precedente contra los tecnicismos que, muchas veces, se leen como forzados sin que la historia lo requiera.

Selva Almada nació en 1973 en Entre Ríos, y publicó varias obras entre las que se encuentran El viento que arrasa (Mardulce, 2012), novela con la cual dio un salto respecto al público que la venía leyendo y fue elogiada por los críticos, entre los que puede mencionarse a Beatriz Sarlo; después siguió Ladrilleros (Mardulce, 2013); Chicas muertas (Random House, 2014), libro de no ficción en el que se mete con la investigación sobre el asesinato de tres jóvenes de provincia de los años ochenta, dando así otro aporte más para el camino de las denuncias sobre feminicidios; y lo último, por el momento, es su compilación de cuentos El desapego es una manera de querernos (Random House, 2015).

Almada hace varios años que vive en Buenos Aires, pero sigue siendo seducida por las historias que escuchó en su pueblo. Se formó como escritora en el taller de Alberto Laiseca y es allí donde subraya la mayor de las enseñanzas.


–¿En qué momento detectás tu propia voz literaria?


–Aunque haya voces más marcadas o más identificables, nunca se termina de construir. Hay una búsqueda constante, si no parece como: "bueno, encontré esta voz y me quedo acá siempre". Y eso no me interesa. De hecho, todos los libros que escribí son distintos unos de otros. Si bien me parece que hay un espíritu común, que hay vasos comunicantes entre ellos, en cada uno traté de hacer otra cosa. Entonces, por un lado podría haber una voz que se puede reconocer a través de los distintos libros, pero a la vez me parece que es una voz que nunca se termina de construir, o al menos me gustaría que esté continuamente en construcción.

–¿Pero eso de que exista una voz latente historia tras historia no te ubicó en un lugar desde el cual intentás comunicar?

–Creo que cuando empecé a escribir sí había una voluntad de escaparme del relato provinciano, del relato de los paisajes que conocía y lo que vivía en ese momento. Eran relatos más secos, más urbanos. Después me pasó que, cuando vine a vivir a Buenos Aires, empecé a encontrarles a esos paisajes y a esos personajes lo que me interesaba contar. No creo que eso sea una cosa para siempre, por ahora sigue siendo lo que me pasa. Lo próximo que estoy escribiendo también transcurre en el Litoral. Todavía sigo encontrando cosas para decir de ahí, pero eso no significa que dentro de unos años no escriba relatos urbanos o ciencia ficción, qué sé yo…

Hace poco escribía la contratapa de un libro de cuentos que me gustó mucho y ahí, en el texto, de lo que hablo es de la mirada. O sea, lo que me interesa en un escritor es su mirada, no tanto lo que me cuenta sino de que manera mira para contarme eso cotidiano. Ahí, también, traté de explicar que eso no es algo que se puede aprender o que se puede enseñar en un taller, me parece que es un ejercicio personal del escritor o escritora.


–¿Creés que existe una literatura que transita sobre lo llano?


–En realidad, me parece que el problema siempre es la búsqueda, la construcción y que haya o no trabajo sobre el lenguaje y contra el lenguaje. Y esto porque se supone que hay una manera correcta de escribir y si te quedas en esa forma que va como piña. Sin que eso esté mal o bien, no es esa la búsqueda que me interesa en lo personal ni en los autores que leo. Cuando leo un libro que me llama la atención es porque justamente le imprime algo al texto desde el lenguaje y también por lo que hay por debajo, que es eso que llamo mirada...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada)

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Autor

Gustavo Grazioli