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El pucho en la oreja

Lidia

Estamos viendo lo que estamos viendo. Así me dice mi amigo el Indio Cacciabue, en medio de un recital de Lidia Borda. No lo dice en voz baja porque no tiene voz baja. La voz le vino alta de origen. Estamos viendo algo que nos excede, insiste. Yo quiero escuchar y él me habla, me dice que ese momento es más grande que nosotros.

Estamos viendo lo que estamos viendo. Así me dice mi amigo el Indio Cacciabue, en medio de un recital de Lidia Borda. No lo dice en voz baja porque no tiene voz baja. La voz le vino alta de origen. Estamos viendo algo que nos excede, insiste. Yo quiero escuchar y él me habla, me dice que ese momento es más grande que nosotros. Póstumo, le digo. Ella está cantando el tango "Cobardía". Estamos en la Gandhi, en los años noventa.


Hay una larga lista (la lista está escrita con nombres apilados de a uno). Esa lista empieza con Carlos Gardel. ¿Las razones? No es fácil decirlas sin recaer en un adjetivo; decir grandioso, imponente, admirable. Los adjetivos están de más en la música. Aún peor cuando se trata del tango, tan almibarado: "la belleza del tango, el ser argentino, la filosofía de Discépolo". Todo tan lleno de principios: al tango hay que quererlo, a rajatablas; así dicen, a pura naftalina.


Vuelvo. Gardel no está en la lista. Es como Diego o como Eva, están por encima. Eva inventa a Perón porque lo amaba demasiado, y entonces lo amaron todos los otros en el amor hacia ella. Con Diego fue lo mismo: años de pelota cruda, hasta que la pelota se hizo ángel, y él brilló con el brillo de las voces que gritaron antes (desde el mundial del treinta, mínimo). Los dos, Eva y Diego no son de a uno, son muchos, por fuera de la lista. Una síntesis.


Gardel es más que muchos. Entran todas las voces: los que gritan a la noche, en la tormenta; los que avisan que la señora está llegando. El cantor frustrado, la monja cuando reza, el diariero. El pirucho que habla solo y la de pañuelo blanco en la cabeza, cuando camina en círculo y en silencio. Gardel puede interrumpir el silencio y cantar. Con él no hay problemas.


La buena música es la administración de los silencios, no de las notas. El cantor administra el aire y también el silencio. Cuando inspira no canta: por eso el silencio es vital, si no, se muere. (El desesperado que canta, el que no sabe y canta mal, aúlla como un gato en celo. Le parece que las palabras y la melodía que entona lo muestran grandioso. Se piensa a sí mismo como un adjetivo).


Las voces del tango tienen tiempos específicos: voces agudas en los comienzos, en 1916, cuando Pascual Contursi cantó "Mi noche triste" en Montevideo; agudas en los treinta, Charlo, Mercedes Simone, Ada Falcón, Azucena. Tita Merello durante el peronismo, contralto y de voz chueca, un poco más grave que antes; también Fiore, Marino, a comienzos de los cuarenta, el gordo Troilo, él sí de andar grave, con su hilera de cantores italianos. Y Rivero, grave del todo, para siempre. (A Rivero no lo querían por grave; le dijeron a Salgán que cambiara el cantor y Salgán se fue de la radio por eso. Con Troilo intentaron pero no pudieron).


También hay horarios para cantar el tango. Como axioma, se lo puede cantar siempre que no haya sol. El único que tolera el sol es Gardel. Y un poco de sol, no mucho, sol de invierno en todo caso, Magaldi, Roberto Ray, Vargas, Alberto Gómez. El resto necesita noche o techo. (Libertad Lamarque es de llanura y puede cantar a cualquier hora. Alrededor de la medianoche: Aída Luz, Tania, el Polaco con Pontier).


Lidia Borda es de ahora. Podría haberle tocado otro tiempo. (Ella puede nadar hacia atrás, no todos pueden: hay quienes la escuchan y creen que es una cancionista de fines de los años veinte). Le tocó ahora. En realidad, desde los noventa, cuando el tango volvió a verse. En 1996 grabó el primer disco solista, Entre sueños, como el tango de Aieta y García Jiménez, de 1928. La voz aguda bien arriba, diciendo: cuánto tiempo te he esperado cara a cara con la muerte, y a la muerte le he guapeado para verte. Lidia Borda no guapea cuando lo canta, como sí lo hace Carmen Duval en su versión de 1946. Ella va con paso delicado, hilvanando la letra sobre una composición que apura, que tiene saltos, que no descansa hasta el final...


(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada)

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Autor

Gustavo Varela