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En busca de la igualdad

22 de marzo de 1873. Nace Julieta Lanteri

La dama, vestida de blanco desde el sombrero hasta las botas, llegó a la iglesia San Juan Evangelista del barrio de La Boca y se sumó a la fila de caballeros que esperaban para votar. Se elegían concejales en la ciudad de Buenos Aires, y nadie entendía por qué estaba allí una mujer: en 1911, ese era un asunto de hombres. Todavía faltaban ocho años para que naciera Eva Duarte, emblema del sufragio femenino en la Argentina, cuando Julieta Lanteri se convirtió en la primera mujer latinoamericana en emitir su voto.

Edición Especial N° 1

22 de marzo. Nace Julieta Lanteri

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La dama, vestida de blanco desde el sombrero hasta las botas, llegó a la iglesia San Juan Evangelista del barrio de La Boca y se sumó a la fila de caballeros que esperaban para votar. Se elegían concejales en la ciudad de Buenos Aires, y nadie entendía por qué estaba allí una mujer: en 1911, ese era un asunto de hombres. Todavía faltaban ocho años para que naciera Eva Duarte, emblema del sufragio femenino en la Argentina, cuando Julieta Lanteri se convirtió en la primera mujer latinoamericana en emitir su voto.


No había sido fácil llegar hasta ahí, y tampoco lo fue después. La sociedad de la época no estaba preparada todavía para aceptar semejante libertinaje y buscaría la manera de evitar que se repitiera, temiendo tal vez que el resto de las mujeres abandonara sus tareas hogareñas y saliera en estampida a reclamar sus derechos.


"Mis actos son una afirmación de mi conciencia que me dice que cumplo con mi deber: una afirmación de mi independencia que satisface mi espíritu y no se somete a falsas cadenas de esclavitud moral e intelectual, y una afirmación de mi sexo, del cual estoy orgullosa y para el cual quiero luchar", decía la apasionada Julieta, siempre en ebullición, llevando la contra al mundo de machos que la rodeaba.

La sexta médica argentina


Julieta nació en Cuneo, Italia, en 1873, y cuando tenía seis años su familia se mudó a la Argentina. Desde niña supo que quería ser médica, pero para eso era obligatorio cursar el secundario en colegios a los que sólo concurrían varones. Se inscribió entonces en el Colegio Nacional de La Plata. Así empezaba una vida de lucha, siempre contra la corriente, encontrando huecos por donde colarse en las leyes y los reglamentos hechos a la medida de los hombres.


En ese tiempo, la educación para las mujeres estaba orientada a desarrollar las tareas que les correspondería realizar en la vida: coser, lavar la ropa, planchar, cocinar, limpiar la casa, atender al marido y criar a los hijos. Incluso la Ley 1420 de Educación Común (de 1884) lo dictaminaba así en su artículo 6: "Para las niñas será obligatorio el conocimiento de labores de manos y nociones de economía doméstica". El caso de la medicina era especialmente controvertido porque se consideraba indigno de una dama el hecho de ver y tocar los órganos sexuales no sólo en un consultorio, sino también los de los cadáveres para estudiarlos. Claro que a Julieta esos prejuicios no le interesaban, e ingresó con su secundario aprobado en la Universidad de Medicina de Buenos Aires, de donde sólo habían egresado dos mujeres hasta entonces: Cecilia Grierson y Elvira Rawson de Dellepiane.


Tenía 34 años cuando se recibió, y aunque se interesaba especialmente por la neurología, su primer puesto fue en la Asistencia Pública de Buenos Aires, administrando la vacuna contra la viruela. Estaba claro que los mejores lugares no estaban destinados a una mujer, y menos si pretendía entrar con los tapones de punta en el selecto círculo de médicos. En un artículo para la revista La semana médica, escribió: "Muy pocos, salvo honrosas excepciones, son los que se empeñan en divulgar y en hacer cumplir aquellos conocimientos que tienen una absoluta y amplia confirmación, y la inmensa mayoría se contenta con vegetar en la esperanza del logro del bienestar y la riqueza".


Al mismo tiempo, comenzaba a nacer su carrera política. En 1906 participó en el Congreso Internacional de Libre Pensamiento. Julieta pudo escuchar ahí a destacadas feministas y a científicos, intelectuales y escritores disertar sobre temas como la igualdad entre los sexos, la salud reproductiva, la independencia de las mujeres para administrar sus bienes, la libertad política y el divorcio. Su cabeza se colmó de ideas y de sueños; entendió que esa era su misión en el mundo.

Llevaba una vida austera y de mucho trabajo. Hacía prácticas de obstetricia y atendía su propio consultorio, en el que todos sus pacientes eran mujeres. Escribía, estudiaba, y organizaba actividades en el Centro Feminista al que se había incorporado. Quiso ser docente y solicitó en la Facultad de Medicina la incorporación a la cátedra de enfermedades mentales, pero después de tomarse casi un año para pensarlo, la rechazaron por ser italiana. Sin demora, Julieta inició el trámite para obtener la ciudadanía argentina.


Amor y feminismo

Y un día, entre todo ese torbellino, se enamoró. El hombre se llamaba Alberto Luis Renshaw; había nacido en España y tenía catorce años menos. Se casaron el 6 de junio de 1910, pero Julieta no modificó un ápice su forma de vida. Siguió adelante con su pelea para obtener la ciudadanía, y recién la consiguió cuando presentó una carta firmada por su esposo donde la autorizaba a llevar adelante acciones legales. Ella, que luchaba todos los días por los derechos de las mujeres, tuvo que pedirle permiso al marido para hacer un trámite absolutamente personal. Sin detenerse en lamentos inútiles y con la ciudadanía bajo el brazo, fue a inscribirse en el padrón electoral. Cumplía todos los requisitos y el empleado municipal no tuvo más remedio que completarle la boleta de inscripción. Así fue como llegó a aquella votación en la iglesia San Juan Evangelista que dejó para siempre su marca en la historia....


La nota completa en la edición Gráfica de Sudestada nº 137 (Mayo-Junio 2015)

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Autor

Carolina Uribe

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