Buscar

Una mirada sobre sus libros II

Cuestión de pelotas

Una de sus pasiones, aquella que compartió con sus entrañables amigos, el Gordo Soriano y el Negro Fontanarrosa. El motivo por el que discutía de joven en las larguísimas asambleas con los estructurados de la izquierda que lo veían como una "distracción" para la clase obrera. Ni más ni menos que el fútbol. Y porque a nosotros nos apasiona casi tanto como a él, le entramos a su libro sobre la materia. Y ahora silencio, que sonó el pitazo y la pelota rueda...

A mí me toca escribir de pelotas. Del Galeano de El fútbol a sol y sombra, que Siglo XXI editores publicó hace poquito y el autor define como "un lío", en el que agradece a su mujer Helena, a la memoria futbolera de su padre y a todos los que arrimaron el hombro, entre ellos, Chico Buarque y Osvaldo Soriano. Todos metidos en el mismo lío.

Me toca escribir del Galeano que cuenta que desde chico soñó ser jugador de fútbol. De noche, mientras dormía, era el mejor. De día era un patadura y de noche soñaba con el club Nacional, el club de sus amores y admiraba sin remedio, confiesa, al Pepe Schiaffino y sus pases magistrales y al Pardo Abbadie, jugadores de Peñarol. Cosas que pasan también en esta otra orilla. Si hasta le daban ganas de aplaudirlos.

A mí me toca, a mí que vi sembrar Las venas abiertas de América Latina en el potus de mi casa hasta que no aguantamos más y lo pusimos de nuevo (aunque vinieran, porque vinieron, pero igual nos cansamos de enterrrar y de enterrarnos) en el estante de la biblioteca.

De Galeano, me toca, uruguayo querido que se vino a la Argentina en el 73, a buscar un lugar donde seguir viviendo, igual que mi amigo Eduardo Darnauchans.

De este libro que "es un lío" -dice él- me toca y lo elijo, porque es un libro plural, colectivo. Escrito desde un nosotros a puro grito de gol.

En El fútbol a sol y sombra, Galeano describe personajes, escenarios, danzas de guerra, desde los orígenes de la Historia, épica y belicosa, sangrienta. Guerra entre dos equipos el fútbol en el que se lucha y se debaten viejos rencores y amores genéticamente heredados. No hay caso. No hay ni habrá cosa más linda que esa llanura verde en disputa donde los jugadores se buscan, se enfrentan, se embisten, caen. Y la meten. Todo es épico y batalla y sangre. También el llanto de la derrota o el beso de la gloria.

Parece que Julio César era bueno con sus dos piernas y que Nerón no embocaba una y que hasta en las comedias de Antífanes se lee: "pelota larga, pase corto, pelota adelantada". Mientras tanto, el Cristo y sus amigos pescadores morían crucificados.
Cuestión de pelotas.

Aunque no quiera, aunque siempre niegue su tripa de historiador, nos va llevando a través de los orígenes del fútbol hasta el último mundial por un río que es común a todos: la pasión por el juego. Si hasta se manda una semblanza entre dios y el fútbol: devoción, exorcismos, maldiciones, peregrinaciones, promesas. Lo lindo es cuando esta religión dejó de ser "cosa de ingleses y de ricos" y se jugó en los astilleros de los puertos, en los clubes, en los potreros, en las plazas. Entonces la pelota fue una bandera. Porque fútbol y patria, fútbol y pueblo fueron de la mano. La pasión por el fútbol, cuenta, nos viene de allá lejos y hace tiempo y es esa danza, esas ganas (igualita o mejor que el amor porque no se nos pasa). Si hasta los bichos dejan de picar si hay fútbol.
¿O nos importan el frío, la lluvia, el día de la madre, los mosquitos cuando vemos una chilena, pura acrobacia y magia inventada por Ramón Unzaga, "el cuerpo en el aire, de espaldas al suelo, las piernas disparando la pelota hacia atrás y el repentino vaivén de hojas de tijera"?

(La nota completa en la edición especial #7 - Enero 2013)

Comentarios

Autor

María Laura Fernández